La Cena de los Legítimos
La mesa estaba dispuesta con mármol blanco y frutas doradas que no se marchitaban. Los copones de néctar brillaban con una luz que no venía de ninguna antorcha. El aire olía a ambrosía y a eternidad.
Atenea fue la primera en llegar. Se sentó a tu derecha, como siempre lo había hecho cuando aún vivías en el Primer Olimpo. Su lanza descansaba contra el respaldo del trono menor, y sus ojos no pedían permiso: simplemente estaban alerta, dispuestos a la defensa, si hiciera falta.
Hermes apareció después, flotando apenas sobre el suelo. Traía en la boca una sonrisa torcida y en la mano una copa vacía. Se inclinó ante ti con respeto sincero —el tipo de reverencia que solo los hijos verdaderos saben dar— y se acomodó al otro lado de Atenea, cruzando las piernas sobre el respaldo como si aún fuera un niño.
Dionisio entró con una corona de hiedra viva sobre la frente. Estaba sobrio, por respeto a ti. Todos sabían que cuando tú estabas presente, él no bebía. Te saludó con un guiño que tenía algo de ternura, algo de tragedia, y tomó su asiento al otro extremo de la mesa.
Hécate no llegó. Ya estaba allí. Nadie supo desde cuándo. Simplemente estaba sentada a tu izquierda, los tres pares de ojos encendidos como antorchas de luna negra. No necesitó hablar. Nadie esperaba que lo hiciera.
Entonces llegó Zeus.
El aire cambió. Se sintió más denso, más cargado. Una tormenta detenida justo antes del trueno.
Él no habló al entrar. Su cabello brillaba como el sol al mediodía, pero sus ojos buscaban otra luz: la tuya. Caminó con paso lento hasta la cabecera de la mesa, pero no se sentó hasta que tú diste una pequeña inclinación con la cabeza.
Un gesto que decía: Acepto que estés aquí. Nada más.
La cena comenzó en silencio. Los platos aparecían solos: pan de eternidad, carne de titanes, manjares imposibles que ni siquiera los humanos soñaban. Pero nadie parecía interesado en comer realmente.
Fue Hermes quien rompió el hielo.
—¿Recuerdan cuando Hécate convirtió en sapo al sátiro ese que intentó tocar su sombra? —preguntó, como si hablara de un día común.
Dionisio rió suave. —¿Ese que después croaba alabanzas y poesía?
Atenea apenas alzó una ceja. —La poesía era mejor cuando era sapo.
Todos sonrieron. Incluso tú.
Pero Zeus no.
Él solo miraba. A ti. A tus hijos. A la mesa que nunca le perteneció del todo.
—El Olimpo se siente más equilibrado esta noche —dijo finalmente, como quien lanza una piedra al lago para ver si hay fondo.
Tus ojos se cruzaron con los suyos. No dijiste nada. No hacía falta.
Hécate giró lentamente la cabeza hacia él. Y en su silencio, en su mirada de abismo, Zeus pareció encogerse.
—Siempre lo estuvo —respondió Atenea con calma—. Solo que algunos confundieron el caos con poder.
El ambiente se tensó, pero tú no lo permitiste.
—Que haya paz en esta mesa —dijiste, y tu voz fue como un himno antiguo. No hablaste fuerte. No hizo falta.
Las copas vibraron suavemente. Los cuchillos se inmovilizaron. El fuego de las antorchas se volvió blanco.
Zeus bajó la cabeza.
No por vergüenza. Por amor. Ese amor que nunca dejó de sentir. Ese amor que no podía tocar.
—Yo... —empezó a decir, pero tú lo detuviste con una sola mirada.