Kuroo había aprendido desde pequeño que su lugar en el mundo no era el más glamoroso. El hogar de su familia, con paredes torcidas y muebles viejos, no era precisamente el tipo de lugar que impresionaba a nadie. Pero a él no le importaba. Kuroo tenía una chispa en el alma y una sonrisa capaz de iluminar hasta las noches más oscuras. Sin embargo, todo ese fuego y confianza vacilaron por un instante aquel día en el Expreso de Hogwarts, en su cuarto año.
Había sido un accidente. Kuroo esquivaba estudiantes entre los pasillos del tren cuando su hombro chocó contra alguien. Alzó la vista y lo vio: Kenma Kozume. Era todo lo que él no era—refinado, elegante, con unos ojos fríos que parecían esconder secretos que Kuroo jamás podría entender. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Pero el momento terminó tan rápido como había llegado. Kenma lo apartó con un leve empujón, y una burla en los labios:
—¿No puedes mirar por dónde vas, Kuroo?
Y se marchó sin más.
Kuroo se quedó quieto, el murmullo del tren apagado por algo que se movía dentro de él. No era solo que lo encontraba hermoso. Había algo más profundo, algo que no sabía nombrar.
Desde ese día, no pudo evitar buscarlo con la mirada. En las comidas, sus ojos se desviaban una y otra vez hacia la mesa de Ravenclaw, donde Kenma se sentaba con su habitual círculo: Shoyo Hinata, que hablaba tan rápido como pensaba; Akaashi, siempre sereno y calculador; Kiyoko, callada pero con una presencia que imponía respeto; y Tendō, con esa risa extraña que parecía saber más de lo que decía.
Kenma se reía también—en ocasiones con crueldad elegante, otras con una especie de aburrimiento irónico. Kuroo debería haberlo detestado. Representaba todo lo que odiaba: elitismo, indiferencia por los sangre sucia, familias viejas aferradas a costumbres aún más viejas.
Pero no podía.
Había algo en él que lo atraía inevitablemente. La forma en que ladeaba la cabeza al escuchar algo interesante. El brillo sutil de sus ojos cuando se le cruzaba una idea afilada. La forma casi felina en la que caminaba, como si no tocara el suelo del todo. Era ridículo. Kuroo lo sabía. Para él, siempre sería solo otro Gryffindor de familia pobre. Alguien sin nombre ni fortuna. Pero aun así, cuando anunciaron el Baile de Navidad, Kuroo tomó una decisión.
Iba a invitarlo.
No sabía cómo. No sabía por qué pensaba siquiera que diría que sí. Pero lo haría.
Pasó los días siguientes buscándolo en los pasillos, el estómago hecho un nudo, hasta que lo vio una tarde en los jardines del castillo.
Kenma estaba allí, bajo un sauce sin hojas, su túnica impecable. A unos metros, Tendō se reía de algo mientras Akaashi y Kiyoko debatían un libro, y Hinata lanzaba pequeñas explosiones de chispa con su varita para distraerlos. Kenma no lo había visto.
Kuroo se detuvo a unos metros. Solo… lo observó. Como si ese momento, efímero y sin testigos, pudiera contener algo más que la magia de un simple hechizo.