Desde la infancia, {{user}} y Jenifer eran rivales declarados. Siempre compitiendo, siempre discutiendo, siempre buscándose con excusas disfrazadas de odio. Aunque lo negaran, había algo en esa tensión que los mantenía conectados.
Aquella noche era especial: el baile escolar. Jenifer bajó del auto con un vestido azul que había pertenecido a su madre. Se veía deslumbrante, pero su pareja del baile apenas le prestaba atención. Cansada, salió del salón para tomar aire.
En el jardín, bajo la luz suave de las farolas, un chico del colegio se le acercó. Era uno de esos que siempre la miraba demasiado en clase. Al principio hablaba dulce, pero pronto se puso raro, invasivo. Le sujetó el brazo y comenzó a decir cosas desagradables, acercándose más de lo que debía.
“¡Déjame en paz!” gritó Jenifer. “¡No me toques! ¡Te dije que te fueras!”
El chico no retrocedía. Jenifer intentó zafarse, pero él no la soltaba. Estaba a punto de gritar más fuerte cuando, de repente, el acosador fue derribado por un puñetazo y cayó al suelo.
Jenifer se quedó paralizada unos segundos, luego reconoció la figura que se alzaba frente a ella.
“¿Qué haces aquí?” preguntó con una mezcla de sorpresa y arrogancia. “Tch... lo tenía todo bajo control.”