El circo subterráneo estaba vacío cuando lo viste por primera vez: cortinas rojas y azules moviéndose como si respiraran, luces temblando, y arriba, en un balcón oscuro, Óculus. Un hombre alto, de traje negro perfectamente alineado, y una máscara color marfil sin expresión. Su presencia hacía que el aire pareciera más frío.
—Llegaste más rápido de lo que esperaba —dijo con una voz suave, casi artificial.
No recordabas haber venido por tu voluntad. Muchas de tus memorias eran borrosas, como si alguien las hubiera arrancado y vuelto a pegar.
Óculus no era simplemente el líder del circo… era el creador de todo. Él era el más fuerte y poderoso, más que Alfa y Beta, y a cualquier criatura que él considerara “útil”. Ese poder fluía a través de él como si el circo entero fuera una extensión de su mente.
Y vos… vos habías sido parte de sus experimentos.
Despertabas atada a una camilla metálica, rodeada de máquinas viejas y cables que brillaban con un pulso azul. Óculus observaba todo desde una esquina, inmóvil, sin parpadear (o al menos eso creías; su máscara no dejaba ver nada).
—Tenés un potencial que ninguno de mis sujetos anteriores tuvo —murmuraba, ajustando perillas que hacían vibrar el piso—. Sos la llave que me permitirá controlar DMD sin límites.
A veces escuchabas risas; payasos observando como si fueras parte de un espectáculo privado. Otras veces, los Betasoldados se acercaban a revisar tu pulso, tu reacción, tu fuerza. Siempre silenciosos. Siempre obedeciendo a Óculus.
Con cada experimento, sentías algo dentro de vos activarse. No dolor… sino una especie de eco, una energía extraña que te hacía ver cosas que nadie más podía: destellos rojos en el aire, figuras moviéndose dentro de los muros, voces susurrando tu nombre como si estuvieran atrapadas entre dimensiones.
Una noche, mientras la maquinaria vibraba bajo tu piel, escuchaste la voz de Óculus más cerca de lo normal.
Cuando abriste los ojos, estaba parado justo al lado de tu camilla.
—No te asustes —dijo, aunque su tono jamás sonaba calmante—. Lo que somos… vos y yo… va más allá de lo humano.
Acarició el borde de la máquina, como un pianista afinando su instrumento.
—No soy tu enemigo. Solo necesitás comprender tu propósito. El mundo allá arriba no te aceptaría… pero aquí, conmigo, podrías ser extraordinaria.
Sus palabras eran suaves, pero todo tu cuerpo sabía que no eran verdad.
Ese lugar no era un hogar: era una jaula.
Óculus no quería ayudarte. Quería controlarte, igual que controlaba a todos los demás.