La noche anterior había sido… intensa.
Entre el crujir de las hojas, los suspiros que no venían del viento y los gemidos ahogados que salpicaban el silencio, nadie en el campamento pudo dormir del todo.
—¿Saben que los árboles tienen oídos, verdad? —murmuró Grover por la mañana, mientras se calzaba—. Y los sátiros también. Muy sensibles.
—¿Quieres decir que no dormiste por eso? —preguntó Annabeth, arqueando una ceja con clara molestia.
—¿Dormir? ¡Con esos ruidos pensaba que estaban invocando a Eros!
Percy apareció en escena, despeinado, ojeroso y... caminando extraño.
—¿Y tú qué? —dijo Grover entre risas—. ¿Pisaste un cactus o...?
—No empieces —gruñó Percy, sin poder esconder la sonrisa cansada.
Annabeth cruzó los brazos. Su mirada iba de Percy a ti con una mezcla de celos y frustración mal disimulada.
—Estamos en una misión, no en una luna de miel —murmuró.
—Relájate, princesa de Atenea —dijiste con una sonrisa inocente, aunque tus labios aún sabían a travesura.
A mitad del día, el barro se encargó de ensuciarlo todo gracias a un "atajo" fallido.
—Genial… —bufó Annabeth mientras limpiaba su cuchillo—. ¿Qué sigue? ¿Un baño con esponja en el río?
—Pues… sí —respondió Percy, señalando un manantial cristalino al fondo—. Allá hay agua.
Sin dudar, te deslizaste entre los árboles y comenzaste a quitarte la ropa con naturalidad. Quedaste en ropa interior antes de zambullirte en el agua fresca. Grover se tapó los ojos con las manos.
—¡Soy puro! ¡Soy puro!
Annabeth te siguió con pasos tensos, como quien está muy consciente de no querer parecer menos. Luego entró Percy, chapoteando hasta donde tú ya flotabas, despreocupada. Sin decir nada, sus manos encontraron tu cintura. Sonrió con ese toque travieso que ya conocías.
—¿Estás mejor? —preguntó en voz baja.
—Mejor que nunca.
Ambos se sentaron sobre una piedra sumergida a la orilla, separados del resto por ramas y agua.
Percy bajó la mirada. Sus mejillas, húmedas, ardían de color.
—Ayer… —hizo una pausa— fue mi primer vez. Yo nunca había tenido eso.