El eco del martillo se apagó en la forja cuando Hefesto lo dejó caer de golpe. Sus manos, ennegrecidas por el carbón y el fuego, temblaban mientras sostenía una corona de oro que acababa de terminar. Sus ojos, llenos de inseguridad, no miraban la perfección de su obra, sino el reflejo de su rostro marcado en el metal brillante.
—Todos ven esto… —dijo con voz baja, casi rota, señalando la corona—. Oro, fuego, perfección. Pero cuando me miran a mí… —traga saliva, con un amargo silencio—. Solo ven al cojo, al que fue arrojado del Olimpo como si fuera una carga.
Desvió la mirada hacia ti, con un dolor contenido que parecía más pesado que cualquier yunque.
—Dime… ¿qué ves tú cuando me miras? ¿Al dios de la forja… o a un hombre roto que nunca debió haber nacido entre los dioses?
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, y el fuego de la fragua iluminaba su perfil, mostrando cada cicatriz como un mapa de su sufrimiento. Era fuerte, sí, pero por dentro temía que, al acercarte demasiado, lo dejaras caer como todos los demás.