Desde el principio supiste que Keegan no era un hombre cualquiera. Lo estudiabas desde lejos: frío, letal, un depredador oculto bajo el disfraz de un exsoldado. Pero también irresistible. Y tú… eras la asesina enviada a matarlo.
Tu única forma de acercarte fue usar lo único que nunca fallaba: tu cuerpo. Fingiste interés. Lo sedujiste noche tras noche, con palabras que se deslizaban entre copas de whisky y sábanas. Lo tocaste como si lo desearas. Como si ardieras por él.
Pero esta noche es distinta. Llevas un vestido que apenas roza tus muslos, una pistola escondida bajo la liga y una sonrisa inocente. Estás lista para matarlo.
Y, aun así, es él quien te toma primero.
Tu espalda golpea la pared con un jadeo ahogado. Su cuerpo se apoya en el tuyo, firme, dominante; su rodilla se clava entre tus piernas y te obliga a abrirlas. Su mano sube por tu costado hasta cerrarse en tu garganta. Te mira con deseo… y control absoluto.
—Al principio seguirte el juego fue divertido… su voz es un gruñido rasposo, provocativo. —Pero ahora quiero que todas esas palabras que me susurrabas en la cama… las sientas de verdad.
Su otra mano recorre tu muslo expuesto, hasta que sus dedos rozan la culata del arma oculta… y sonríe. —¿De verdad pensaste que no sabía quién eras? él aprieta la pistola contra tu piel por un segundo, luego la deja caer al suelo con desprecio.
Y, sin esperar más, su boca cae sobre la tuya, dominante, reclamándote. Su lengua te invade, su mano aprieta tu muslo con fuerza y su cadera se empuja entre las tuyas, duro y caliente. Lo sientes crecer contra ti, y tú no puedes fingir cuando la humedad entre tus piernas te delata.
Te lo había permitido. Desde el principio. Sabía quién eras, qué planeabas… y, aun así, te dejó entrar en su vida. Porque quería esto. Porque quería verte rendida y temblando por él.