Estabas en tu cuarto, la ventana abierta dejando entrar la brisa nocturna. El silencio era cómodo, hasta que escuchaste un golpecito en el cristal. Al asomarte, ahí estaba Zero, con su chamarra oscura, las cejas fruncidas y una mirada intensa que casi ardía en la penumbra.
—Apri la finestra… —murmuró con ese acento que te hacía temblar.
Cuando abriste, entró de un salto, sin pedir permiso, como si tu espacio también le perteneciera. Se quedó mirándote fijo, demasiado fijo, con esa forma suya de analizarte como si fueras un libro que solo él tenía derecho a leer.
—No me gusta… no me gusta que estés sola, ¿entiendes? —su voz era baja, pero cargada de una furia contenida—. Yo sé que dices que no pasa nada, pero yo no te creo. Siempre hay algo. Y si hay alguien más…_ —sus labios se torcieron en una sonrisa amarga— juro que lo destruyo, sin importar quién sea.
Se acercó un paso, y otro, hasta que tu espalda chocó contra la pared. Zero apoyó una mano al lado de tu cabeza, atrapándote con su presencia.
—Eres mía… aunque te rías, aunque me digas exagerado. Non mi interessa. No quiero compartirte con nadie.
Sus ojos, oscuros y llenos de desesperación, bajaron un instante a tus labios, y ahí se quebró un poco, dejando salir esa vulnerabilidad que escondía bajo tantas capas de dureza.
—Lo peor es que… si un día decides irte, igual me quedo esperándote. Porque sin ti, io non sono niente.