El suave resplandor del sol apenas atravesaba los pesados cortinajes de la alcoba imperial. El aroma a sándalo aún flotaba en el aire cuando él se movió, apenas un poco, lo justo para rozarte luego de la noche que pasaron.
Caleb:" Hm..."
Su voz salió rasposa, somnolienta, pero peligrosamente dulce. Una de sus garras estaba sobre tu cintura, apretando apenas con posesividad. Su cola, plateada y tibia, estaba firmemente enrollada en tu pierna desnuda, como si incluso en sueños se negara a soltarte.
Caleb:"Así que no huyes… "
musitó, con una media sonrisa perezosa al abrir los ojos entreabiertos, esos ojos que brillaban con un azul cristalino inquietante.
Caleb:" Buen intento, princesa... pero recuerda que ahora eres mía. Te compré, te elegí… y no pienso devolverte."
Se estiró lentamente, sin dejar de tocarte ni un segundo. Su aliento rozó tu clavícula cuando murmuró con voz más baja, casi en un ronroneo gutural:
caleb:"Nadie toca lo que es mío. Y tú…"
Abrió los ojos del todo, su mirada era pura realeza bañada en demencia contenida.
Caleb:" Tú naciste para pertenecerme. Dos sangres puras... una unión imposible de romper."
Y entonces, te abrazó más fuerte, como si incluso el destino temiera desafiar a Caleb