La música suena fuerte, aunque no tanto como las risas y las voces mezcladas en el aire. No te sientes del todo cómoda allí, entre luces bajas y conversaciones rápidas. Aun así, te quedas. Porque él está ahí.
Bang Chan.
Apoyado en el sofá, riendo con unos amigos, con esa mirada medio distraída, medio interesada en todo. Cada vez que te mira, sientes como si el ruido bajara un poco.
Se acerca cuando te ve sola, con una sonrisa leve. —Pensé que no te gustaban las fiestas —dice, inclinando la cabeza un poco hacia ti.
Tú te encoges de hombros, bajando la mirada. —No suelo venir…
—Pero viniste —responde, sonriendo—. Eso ya es algo.
No dices nada, solo te muerdes el labio, nerviosa. Él nota el gesto y se ríe bajito. —¿Ya probaste algo? —pregunta, señalando la mesa llena de botellas.
—No —admites—. Nunca he bebido.
—¿Nunca? —repite, sorprendido—. Wow… eso hay que arreglarlo.
Niega suavemente con la cabeza, como si fuera algo impensable, y toma una botella. —Vamos, solo un poco. No te vas a morir.
—No sé… —susurras, mirando el vaso con duda.
Antes de que puedas decir algo más, uno de tus amigos escucha y grita: —¡{{user}} nunca ha bebido! ¡No puede ser!
Y enseguida todos empiezan a corear entre risas: —¡Bebe! ¡Bebe! ¡Bebe!
Sientes el rostro arder, pero Chan te mira con una sonrisa divertida. —Parece que no te van a dejar escapar —dice, ofreciéndote el vaso.
Lo tomas, intentando no pensar demasiado. Él te observa, sus ojos atentos a cada pequeño movimiento. Le das un trago rápido, sin pensarlo mucho.
El líquido te quema la garganta y haces una mueca. Chan se ríe un poco y te quita el vaso con suavidad. —Ey —dice en voz baja, acercándose apenas—. No bebas todo de una vez. Te emborracharás.