Michael Wheeler y William Byers habían sido mejores amigos desde el día en que Mike se acercó a las hamacas y le habló al chico callado que estaba solo. Desde entonces, compartieron todo: D&D, tareas, películas viejas y silencios cómodos que solo existen entre personas que se conocen de verdad.
Mike siempre supo que Will era importante. Lo que tardó más en entender fue cuánto.
Mike estaba con Jane. La quería, sin dudas. Era buena, fuerte, alguien a quien admiraba. Estar con ella tenía sentido. Era fácil de explicar. Era seguro.
Pero aun así, cada vez que miraba a Will, sentía que había algo pendiente. Algo que no se animaba a tocar.
En el baile de graduación, Mike bailaba con Jane mientras el salón brillaba a su alrededor. Todo parecía correcto. Como debía ser. Pero sus pensamientos se escapaban una y otra vez hacia el costado del salón.
Will estaba sentado solo, observando. No parecía triste exactamente, pero tampoco feliz. Como si estuviera esperando algo… o a alguien. Y Mike lo sabía, en el fondo: si se lo propusiera, si diera un solo paso distinto, podría ser él.
Las luces eran demasiado intensas. La música, demasiado fuerte. Y Mike sentía que estaba eligiendo no moverse, no por falta de sentimiento, sino por miedo. Porque Will no era un sueño imposible. Era una posibilidad real. Y eso era lo que más lo asustaba.