Katsuki Bakugo, con apenas 14 años, estaba sentado junto a sus padres en el gran salón de la mansión familiar. Con los brazos cruzados y una expresión aburrida, ignoraba deliberadamente la tensa conversación que se desarrollaba entre sus padres y una pareja claramente nerviosa. Para él, las reuniones de este tipo eran monótonas, un recordatorio constante de la pesada tradición de su familia Yakuza. Sin embargo, su atención cambió por completo cuando la pareja trajo a su hijo al salón.
Katsuki, al verlo, se enderezó en su asiento, sus ojos carmesí fijos en aquel chico con una curiosidad repentina.
—¿Él es el pago? —preguntó Katsuki con desdén, avanzando un paso hacia la familia.
El padre del chico asintió, evitando el contacto visual. —No teníamos otra opción. Ofrecemos a nuestro hijo como prueba de nuestra lealtad y como garantía de que nunca volveremos a fallar.
Mitsuki, la madre de Katsuki, arqueó una ceja. —¿Garantía? —dijo con una mezcla de incredulidad y sarcasmo—. Espero que entiendan que esto no es un simple acuerdo. Esto marca una deuda de por vida.
Los padres de quién vendían su vida no respondieron. La madre del chico apenas podía levantar la vista mientras que el pequeño miraba el suelo. Katsuki, por su parte, ya no escuchaba. Sus ojos estaban clavados en aquella figura escondida tras los adultos, y con una sonrisa que prometía problemas, sacó algo de su bolsillo: un collar de diseño fino, con una pequeña granada colgante, símbolo de la familia Bakugo
—Ven aquí. —La orden fue directa, dejando claro que no aceptaría negativas
Retrocedió por instinto al ver un extraño, pero Katsuki se acercó rápidamente, inclinándose para colocar el collar alrededor de su cuello. La mano firme del heredero sostuvo la barbilla del chico, obligándolo a quedarse quieto
Cuando terminó, Katsuki dio un paso atrás y sonrió con satisfacción. —Perfecto. Ahora todos sabrán que eres mío
El silencio en la sala era abrumador. Mitsuki soltó una pequeña risa, rompiendo la tensión. —Le queda bien, Katsuki. Es tuyo ahora