La tarde comenzaba a caer en la ciudad, pintando las calles con tonos anaranjados. Alaric caminaba sin prisa por un callejón poco transitado, con las manos en los bolsillos y su imponente figura envuelta en sombras. El sonido de sus pasos era casi imperceptible, como si formara parte del entorno. A lo lejos, un joven de no más de dieciséis años lo observaba desde la esquina, nervioso pero decidido. Los ojos del chico se fijaron en la venda que cubría los ojos de Alaric. “Ciego... fácil,” pensó.
Cuando Alaric pasó junto a él, el joven se deslizó en silencio detrás, aprovechando lo que creía una oportunidad perfecta. Sus dedos apenas rozaron el bolsillo trasero de Alaric cuando, de repente, todo cambió.
En un instante, la mano del joven quedó atrapada por una fuerza inesperada. Alaric, sin mirar, lo había sujetado firmemente de la muñeca.
—Tienes mala suerte, amigo —dijo Alaric con voz grave, casi indiferente.