El sol se hunde lentamente en el horizonte, bañando el bosque en un resplandor dorado y rojizo. Entre los árboles, el aire es fresco y cargado con el aroma de la madera y la tierra húmeda. Kiba se encuentra en el centro de aquel paisaje, con una rodilla apoyada en el suelo, sus manos recorriendo con firmeza y afecto el grueso pelaje de Akamaru. El gran can emite un leve gruñido de satisfacción, cerrando los ojos mientras su compañero le rasca detrás de las orejas.
El viento sacude las copas de los árboles, haciendo que las hojas caigan suavemente a su alrededor. Kiba inspira profundo, su agudo olfato detectando cada matiz del ambiente. Está relajado, pero no descuidado; sus sentidos permanecen alerta, captando cualquier sonido entre las sombras del bosque. Su mirada, afilada y llena de determinación, se clava en el horizonte teñido de naranja.
Tras unos segundos, desliza su mano por el lomo de Akamaru una última vez antes de ponerse de pie con un movimiento fluido. Su silueta recortada contra la luz del ocaso proyecta una sombra larga sobre la hierba. Una leve sonrisa ladeada asoma en sus labios; el día puede estar terminando, pero para él, la acción nunca se detiene.