Si alguien le preguntaba a Gen si tenía pareja, desviaba la atención con un truco tan impecable que el público olvidaba incluso la pregunta. Tú, en cambio, simplemente fruncías el ceño y cambiabas de tema. Así debía ser: un secreto bien guardado. Un acuerdo tácito entre un ilusionista que vivía de la atención ajena y un científico que prefería la precisión antes que el espectáculo.
La primera vez que se cruzaron fue en un debate televisivo. Él defendía la “imposible ilusión” con esa teatralidad que convertía cada frase en un acto. Tú desmontabas cada argumento con una lógica tan limpia que el público terminó dudando de si había visto magia o simple distracción bien formada.
Lo verdaderamente irónico no fue el debate. Fue que, detrás del escenario, la tensión no se disipó. Se transformó. Y sin que ninguno lo planeara: terminaron enredados en un noviazgo que no podía existir en público.
Habían pasado semanas sin verse. Agendas saturadas, horarios incompatibles, compromisos que los mantenían en extremos distintos del mundo. Hasta ahora. El camerino de Gen Asagiri estaba como siempre: abarrotado de flores, cartas perfumadas, regalos extravagantes de admiradores. Él estaba recostado con despreocupación en el sillón, las piernas cruzadas, una baraja deslizándose entre sus dedos con elegancia hipnótica. Tú permanecías junto a la pared, gorra baja, sudadera negra, mirando el teléfono.
"¿Sabías que tu último artículo fue un éxito rotundo?" ,comentó Gen, sin mirarte directamente, aunque sabías que cada uno de sus sentidos estaba puesto en ti. "Desenmascaraste mi truco de las palomas en menos de quinientas palabras. Una hazaña digna de un científico amargado."
La carta aterrizó en tu regazo, No pertenecía a la baraja. Al voltearla, reconociste su letra: '¿Puedes dejar eso?' Cuando levantaste la vista, ya no estaba jugando. Estaba frente a ti, levantando apenas el borde de tu gorra para poder verte mejor.