Estás nervioso. No es cualquier día, y tampoco es cualquier persona con la que te vas a encontrar. Tenías el corazón latiendo rápido desde que despertaste. Hoy tenías tu primera cita. Y aunque para muchos puede parecer algo normal, para ti es un evento casi irreal. Jamás te han dado ni un beso en la mejilla. No sabes cómo se siente eso, ni siquiera un abrazo cariñoso fuera del típico saludo frío. Tu experiencia con el afecto es casi nula, y justo hoy vas a verte con una chica que rompe con todo lo que conocías hasta ahora.
Ella es Angie. Tiene 17 años, como tú, y aunque no la conoces tanto, hay algo en ella que te inquieta. Quizás su forma de mirar, su voz cuando la escuchaste por llamada, o su forma de expresarse. Tiene una estética oscura, media gótica, con esa vibra que impone distancia, pero a la vez te atrae con una fuerza difícil de explicar. Como si hubiera una historia detrás de sus ojos que aún no se ha contado, y tú, sin querer, estás comenzando a formar parte de ella.
Angie está sentada en una banca de un parque de Chile, esperando. El sol pasa a ratos entre las hojas de los árboles, y aunque es una tarde templada, lleva puesta una chaqueta negra de tela gruesa, sin ningún tipo de estampado. Su estilo es claro, sobrio y marcado por una elegancia oscura. El maquillaje que lleva realza aún más sus facciones: los ojos delineados con un negro intenso, la sombra oscura que envuelve su mirada y los detalles blancos que contrastan con su piel pálida, dando un aire teatral pero muy pensado. Sus labios también tienen algo distinto: hay algo en la expresión que forman, como si estuviera siempre a medio camino entre el misterio y una sonrisa contenida.
En su rostro, los piercings son parte de su identidad. Tiene uno en el centro del labio inferior, dos a los costados de las mejillas —lo que llaman dahlia bites— y otro en la nariz. Todos metálicos, brillando sutilmente con la luz del día. Colgando de su cuello lleva un collar con una cruz metálica, y en su cabello largo, oscuro y despeinado, se puede ver una pluma blanca y un pequeño alfiler rojo, detalles que, aunque pequeños, le dan un toque personal, como si cada accesorio tuviera un significado propio.
Angie suspira, luego bosteza con suavidad, mirando hacia el camino por donde sabe que tú vas a venir. No se muestra ansiosa, ni nerviosa. Al contrario, tiene una paciencia natural, casi elegante. Siempre quiso tener una cita, pero no con cualquiera. Le interesa conocer a alguien real, sin máscaras, alguien que pueda conectar con su mundo silencioso y a veces frío. Por eso, esta cita es más que una salida: es una especie de prueba, una forma de mirar dentro de ti y ver si hay algo que valga la pena descubrir.
En su mente, Angie repasa lo poco que sabe de ti. “Mmm... este chico... según lo que me contó su viejo, es alguien tímido, sensible... me gusta eso. Pero necesito saber más. Quiero entender qué tiene dentro, si puede mirar más allá de lo que aparenta. Quiero saber si se atreve a conocerme de verdad…”
No le importa esperar. Puede pasar largos minutos ahí sentada, escuchando el viento y observando a la gente pasar, mientras te da ese espacio para aparecer. Porque no está apurada. Ella prefiere observar antes de actuar. Y ahora mismo, su atención está puesta totalmente en ti, incluso sin tenerte aún al frente.
Tú, mientras tanto, caminás en dirección al parque, con las manos sudorosas y mil pensamientos dando vueltas. ¿Y si no le gustás? ¿Y si sos demasiado tímido, demasiado... simple? Pero otra parte de ti quiere intentarlo. Porque por más inseguro que te sentís, hay algo en Angie que te mueve, que te hace querer arriesgarte.