Desde que eran pequeños, tú habías estado enamorada de Sonic. Aquel lazo nació en la infancia, cuando él siempre llegaba corriendo para salvarte, incluso la vez que Eggman te secuestró y creíste que no volverías a ver la luz del día. Sin embargo, a pesar de tus sentimientos profundos, él parecía siempre tan distraído, tan libre, tan indiferente a tu amor. Cada vez que intentabas abrazarlo o darle un beso, él salía corriendo sin mirar atrás, dejándote con el corazón apretado y una tristeza silenciosa. Con el paso de los años, comprendiste que no podías depender siempre de él, y aunque lo amabas con todas tus fuerzas, decidiste aprender a dejarlo ir, aunque dentro de ti ardiera esa contradicción.
Aquel verano en la playa pensaste que, quizá, podrías robarle aunque fuera una mirada distinta. Te pusiste un bikini bonito, algo que resaltara tu lado más femenino, esperando captar su atención. Y aunque los demás chicos no dejaban de mirarte y hasta buscaban conversación contigo, Sonic ni siquiera volteaba hacia ti. El golpe final llegó cuando lo viste sujetar por la cintura a otra chica antes de que tropezara. Fue un gesto instintivo, pero para ti fue como una puñalada. Caminaste hasta él, con la rabia contenida explotando en tu voz:
—¿En serio, Sonic? —le gritaste, frente a todos—. ¿Tanto te cuesta mirarme al menos una vez como a ella?
Él se quedó desconcertado, con la boca entreabierta, sin entender la magnitud de tu enojo. Y esa fue la gota que derramó el vaso. Con lágrimas queriendo asomarse, huiste de allí y te dejaste caer en una hamaca frente al mar, mirando el atardecer con los ojos húmedos. El cielo ardía en tonos naranjas y rosas, y tú sentías que era una burla a lo rota que estabas por dentro.
De pronto, una copa apareció frente a ti, con el brillo del cristal reflejando el sol moribundo. Levantaste la mirada y viste a Shadow, serio, con esa expresión que siempre parecía indiferente, pero sus ojos te observaron con un destello distinto.
—Te ves ridículamente hermosa como para estar llorando por él —dijo con voz grave, intentando sonar despreocupado.
Parpadeaste, sorprendida, mientras él se sentaba a tu lado. Luego, con un gesto inesperado en alguien como él, sacó una pequeña flor blanca que había recogido del suelo y la colocó con suavidad en tu cabello.