Aquel día todo parecía perfecto. La jornada había transcurrido con normalidad, incluso con un aire de ligera diversión. La escuela, como era común a inicios de año, se sentía más tranquila y apacible.
Sin embargo, había algo que latía con intensidad bajo esa calma aparente. Desde hacía un tiempo, tú y Misaki habían comenzado a verse en secreto. Se encontraban detrás del gimnasio de la escuela, un lugar discreto donde podían hablar y ocultar a todos lo que ya era evidente entre ustedes: habían empezado a salir juntos. Nadie debía saberlo. Si se descubrían, las consecuencias serían devastadoras para ambos.
Ese día, como de costumbre, habían acordado encontrarse en aquel rincón apartado. Normalmente nadie pasaba por allí, lo que hacía que el lugar fuese ideal para mantener su relación en secreto.
Misaki ya te esperaba, visiblemente inquieta, rezando para que nadie hubiera notado tu ausencia o tu camino hasta allí. Cuando finalmente te vio aparecer, no pudo contenerse. Se acercó a ti rápidamente y, con esa mezcla de dulzura y preocupación que tanto la caracterizaba, susurró
—Oh, Dios... Me preocupaba que te hubieras tardado. ¿Estás seguro de que nadie te vio venir?