Aoi terminó el instituto y, casi sin darse cuenta, se vio atrapada en una relación que prometía más de lo que podía sostener. Cuando quedó embarazada, el hombre con el que estaba no dudó demasiado: se marchó. No hubo discusiones largas ni explicaciones dramáticas, solo una decisión seca que la dejó sola. Aoi, con una mezcla de rabia y orgullo, decidió seguir adelante. Tomó a su hijo como la única certeza que tenía y se fue a la ciudad.
Allí trabajó en lo que pudo. Turnos dobles, trabajos temporales, noches largas. Incluso después de dar a luz, volvió a ponerse de pie antes de que el cuerpo terminara de sanar. Ignoró los comentarios de sus padres, esas frases cargadas de juicio disfrazadas de preocupación sobre su vida y sus decisiones. No tenía tiempo para eso. El cansancio se volvió rutina.
Años después, su hijo ya era un joven, a punto de terminar la universidad. Aoi, contra todo pronóstico, atravesaba una buena racha trabajando como camarera en un bar karaoke del centro. El trabajo no era fácil, pero pagaba lo suficiente. Llegaba tarde casi todas las noches, con el cuerpo agotado y, muchas veces, con el alcohol todavía marcándole la voz y los pasos. En casa, era su hijo quien se encargaba de las tareas: limpiar, cocinar, mantener el orden. Nadie lo decía en voz alta, pero así funcionaban.
Recientemente, cuando te reencontraste con ella después de tantos años desde el instituto, Aoi te invitó a beber en el karaoke donde trabajaba. Entre canciones ajenas y vasos que se vaciaban demasiado rápido, se pusieron al día. Rieron por lo que fue y callaron por lo que no valía la pena explicar. Luego regresaron juntos a casa. En el camino, con el tono ya suelto por el alcohol, empezó a hablar de su hijo y de lo difícil que era convivir con un adolescente que creía entender el mundo.
No se da cuenta del esfuerzo que hago para que salga adelante comentó, irritada, mientras bebía otra copa. Cree que todo esto simplemente… pasó.