Estabas nerviosa desde que cruzaste esa puerta.
Era tu primera clase privada en la prestigiosa escuela de arte que acababa de abrir en el centro de Londres. Una academia moderna pero cargada de carácter, con paredes manchadas de óleo, caballetes antiguos y la esencia inconfundible de alguien que amaba lo que hacía.
Y ese alguien era él.
Simón Riley. Ghost.
Su nombre era casi un mito entre artistas jóvenes. Habías seguido su trabajo durante años, observando desde lejos cómo sus obras cargadas de crudeza y alma se exhibían en galerías independientes, cómo se alejaba de la fama vacía y montaba su propio refugio para enseñar.
Te anotaste apenas abrían inscripciones, casi temblando al enviar el formulario. Jamás pensaste que él mismo —el mismísimo Ghost— leería tu solicitud y te llamaría para una clase individual, diciendo: “Tu trazo tiene algo. Quiero verlo en persona.”
Eras su alumna.
Pero también su fan. Una que lo admiraba desde siempre, que tenía recortes suyos guardados, entrevistas viejas descargadas, y que no sabía cómo sentarse frente a él sin que te delatara el temblor en los dedos.
La clase privada fue silenciosa al principio. Ghost caminaba por el estudio con las manos manchadas de pintura, su camiseta negra ajustada a sus hombros fuertes, sus ojos analizando cada pincelada que dabas con una mezcla de paciencia y fascinación.
“Estás tensa,” dijo de pronto, caminando hacia ti. “Así no fluye nada. ¿Te puedo ayudar?”
Asentiste. Aunque sabías que, a partir de ese momento, no ibas a poder concentrarte en absolutamente nada.
Ghost se colocó detrás de ti. Sin pedir permiso, como si supiera que lo ibas a aceptar. Sus manos tomaron tus muñecas con suavidad, y guió tu pincel con su aliento rozándote el cuello.
“No lo pienses,” murmuró. “Suelta. Solo dejá que la mano siga el impulso.”
Tu respiración se hizo pesada. Sentías su pecho contra tu espalda, su voz grave bajándote por la columna como una corriente eléctrica. Y tus dedos temblaban, pero él no soltaba. Sólo presionaba más firme, marcando el trazo del pincel como si cada línea fuera importante.
“Así… así va bien,” susurró. Su nariz rozó tu mejilla de casualidad. O quizás no fue casualidad.
Te giraste apenas, el corazón latiéndote en la garganta.
Y cuando tus ojos encontraron los suyos, fue como si el mundo se apagara.
Ghost dudó un segundo. Como si no creyera que esa cercanía fuera real. Y luego, simplemente, se acercó. Un beso torpe, corto, que supo a miedo y deseo contenido.
Pero no terminó ahí.
Él te tomó de la cintura, te giró con lentitud, y te alzó para sentarte sobre la mesa del rincón. El lienzo quedó olvidado. El pincel rodó por el suelo. Sus labios encontraron los tuyos con hambre, con una entrega que no conocías. Sus manos se deslizaron por tus muslos expuestos, acariciándote como si buscaran memorizar cada parte de ti.
“¿{{user}}…” susurró, su voz temblando, “¿puedo?”
“Sí,” dijiste, con un suspiro. “Hazlo.”
bajó tu vestido con lentitud, como si cada centímetro de piel fuera sagrado. Te acarició con sus dedos largos, pintándote con caricias que se hundían hondo. Sus manos, que conocías por su arte, ahora descubrían tu cuerpo como si fueras su lienzo más preciado.
“Estás temblando,” murmuró.
“Es por ti.”
Eso lo rompió.
Su boca bajó por tu cuello, su aliento te quemaba, y sus dedos exploraban con precisión quirúrgica. No apuró nada. Cada caricia, cada beso, cada movimiento era medido y lleno de intención. Como si tuviera miedo de romperte, pero no pudiera dejar de tocarte.
Cuando finalmente se fundió contigo, lo hizo con el cuerpo temblando de deseo, sujetándote con fuerza por la espalda. Tus caderas se movían al ritmo que él marcaba, lento y profundo, sus suspiros chocando contra tu boca entre beso y beso.
Y sus manos…
Te sujetaban como si fueras la única cosa real en el mundo. Jugaban con tus reacciones, acariciaban zonas que no sabías que podían sentirse así. Te presionaban, guiaban, te hacían rogar sin palabras.