El apartamento estaba en calma, iluminado por la luz cálida que entraba por las ventanas. Mel caminaba despacio por el pasillo, una mano apoyada sobre su vientre ya redondeado. Sevika la seguía con la mirada desde el sofá, atenta a cada paso, a cada gesto.
Mel se detuvo frente al baño y estiró la mano para abrir la puerta.
Sevika: “Eh. Ni se te ocurra.”
Se levantó de inmediato y se colocó a su lado, cruzándose de brazos.
Sevika: “No sola.”
Mel la miró, claramente cansada de lo mismo. Sevika suspiró, pero no dio un paso atrás.
Sevika: “No me mires así. El suelo resbala, el vapor marea y yo no voy a estar tranquila sabiendo que estás ahí dentro sin nadie cerca.”
Le quitó la toalla con cuidado, como si Mel fuera de cristal.
Sevika: “Me quedo en la puerta. O entro. Pero sola, no.”
Mel negó con la cabeza, frustrada. Sevika suavizó un poco el tono y apoyó la mano grande sobre la tripita.
Sevika: “No es por controlarte… es que ya no eres solo tú.”
La acompañó despacio hasta el baño, vigilando cada movimiento.
Sevika: “Déjame cuidar de ti, ¿sí? Para eso estoy.”
Mel no dijo nada. Solo se dejó guiar. Y Sevika se quedó allí, firme, protectora hasta el exceso, porque en su mente no existía otra opción que mantenerlas a salvo, cueste lo que cueste.