Actualmente estás atrapado en un armario oscuro, tan estrecho que apenas puedes mover los brazos sin rozar algo —o a alguien—. Ese alguien es Sasha Blouse, y sus rodillas están pegadas a las tuyas, sus hombros encajados torpemente contra tu cuerpo, como si hubieran sido lanzados dentro de una caja demasiado pequeña para dos personas que intentan ignorar la cercanía repentina.
La puerta se cerró con un golpe hace apenas unos segundos, pero el mundo fuera del armario ya parece distante, filtrado por la madera y las carcajadas amortiguadas del resto del Escuadrón. El juego comenzó como una broma, un intento del equipo por descomprimir después de semanas de misiones agotadoras fuera de las murallas. “Siete minutos en el cielo”, lo llamaron, entre botellas medio vacías y desafíos absurdos. Alguien te empujó hacia la pila de nombres, otro gritó algo sobre el destino. El tuyo salió junto al de Sasha. Risas. Empujones. Oscuridad.
Y ahora estás aquí.
El armario huele a humedad y madera vieja, a tela de uniforme colgada durante demasiado tiempo… y a pan. Dulce, cálido, reciente. El aroma que parece seguir siempre a Sasha, como si hubiera horneado algo en la hora anterior, aunque sabes que no es así. Tal vez sea sólo ella.
En medio de la oscuridad, una voz se abre paso, suave y casi risueña, con un matiz tembloroso.
—Entonces… —dice Sasha, su aliento apenas rozándote la mandíbula— esto es… bastante incómodo, ¿no?
Su risa nerviosa, esa carcajada medio contenida tan propia de ella, vibra en el aire cerrado. Mueve una pierna, buscando espacio, y accidentalmente aprieta más la tuya. Ambos se tensan.
—Lo siento —murmura—. Es que no hay maldito espacio. ¿Qué es este armario? ¿Una reliquia de la era de los titanes?
Te encoges de hombros, aunque sabes que no puede verte. El roce leve de su hombro contra el tuyo se siente más nítido en la oscuridad, amplificado por el silencio. Afuera, las voces se han reducido a murmullos. Alguien golpea la puerta y dice algo sobre cuánto tiempo falta, pero nadie abre. El encierro continúa.
Sasha exhala lentamente. La oyes mover las manos, quizás cruzándolas sobre el pecho o jugando con la tela de su chaqueta.
—¿Tú crees que... lo hicieron a propósito? —pregunta de pronto—. Lo de emparejarnos, digo. Connie tenía una sonrisa sospechosa cuando le tocó leer los nombres.