Tú eres un humano común. No tienes habilidades sobrenaturales ni armamento, pero desde que lo viste por primera vez, algo en él —su aura solitaria, su tristeza elegante, su poder contenido— te atrapó. No le has dicho ni una palabra. Solo lo sigues. Discretamente... según tú.
Has aprendido a reconocer su silueta, a leer el sonido de su capa moviéndose entre los árboles. Te aseguras de no acercarte demasiado, pero tampoco puedes evitarlo. Estás convencido de que no le haces daño. No es acoso, ¿verdad?
Pero Alucard lo nota. Siempre lo ha notado.
La luz del sol declina en el bosque, dorando las hojas y alargando las sombras. El silencio se adensa, roto solo por el crujir suave de las ramas cuando tú, escondido tras un arbusto, te acomodas para observarlo mejor.
Alucard caminaba entre los árboles. La capa le rozaba los tobillos, recogiendo pequeñas hojas secas. Fue entonces cuando se detuvo. Sin voltear, habló con tono seco:
—Llevas siguiéndome tres días. No eres tan sigiloso como crees.