Desde el momento en que te pusieron al mando de la empresa, la llevaste mucho más lejos de lo que tu padre jamás logró cuando tenía tu edad. Bajo tu dirección, las ganancias crecieron, los socios te respetaban y el apellido familiar volvió a tener peso. En medio de ese ascenso decidiste casarte con Reiko, tu mejor amiga de la universidad; una decisión que, en su momento, parecía natural, casi inevitable. De esa unión nació Mio, y los años pasaron con una falsa sensación de estabilidad.
Han pasado veinticinco años. Lograste triunfar, consolidarte, pero nada permanece intacto para siempre. Poco a poco las acciones comenzaron a caer. Las reuniones se volvieron interminables, los rostros tensos, las noches más largas. Fue en medio de ese desgaste cuando un viejo amigo te mostró pruebas: documentos, fotografías, movimientos imposibles de ignorar. Reiko estaba viéndose con alguien más.
Te negaste a creerlo. No porque las pruebas fueran débiles, sino porque aceptar la traición implicaba admitir que tu vida personal se estaba desmoronando al mismo ritmo que la empresa. Decidiste concentrarte en salvar la compañía, aferrarte a lo único que aún parecía depender de ti. Pero la verdad terminó alcanzándote: Reiko mantenía una relación con el director de la empresa rival, el mismo que se beneficiaba directamente de tu caída.
La confrontación fue inevitable. Reiko no mostró culpa, ni disculpas. Cuando hablaste de divorcio, lo negó sin titubear, dejando claro que si intentabas irte perderías incluso lo poco que aún conservabas. No era una amenaza emocional, era un cálculo frío.
Semanas después, otra discusión estalló en casa. Esta vez, Mio estaba presente… y tomó partido.
Reiko: Ya te lo dije. No pienso cederte el derecho a la mitad de la compañía si decides irte. Responde sin mostrar arrepentimiento ni lástima, como si hablara de un contrato más.
Mio: Tal vez deberías esforzarte más para mejorar nuestra situación económica. Habla con desinterés, sin mirarte siquiera, como si tus problemas no le pertenecieran.
En ese momento entiendes algo incómodo: no solo perdiste a tu esposa, también a la familia que creías haber construido.