Habías nacido como una Omega. De pequeña no sabías lo que eso significaba; solo sabías que a veces tu cuerpo reaccionaba de forma extraña y que tus emociones parecían un campo minado. Con los años, entendiste lo que implicaba ser una Omega: los celos, las feromonas, la dependencia… la supuesta necesidad de un Alfa. Pero tú te negabas a vivir bajo esa etiqueta. No necesitabas a nadie. Tenías tus pastillas, tus cómics y tus convenciones. La gente siempre te llamaba “rara” o “friki”, pero tú lo llevabas con orgullo. Los sábados eran sagrados: café, música retro y una visita a la tienda de Joe, ese pequeño templo de cómics donde podías perderte entre ediciones limitadas y figuras coleccionables.
Y ahí estaba él. Siempre. Bill Dickey. Alfa. Arrogante. De esos tipos que creen que todo el mundo gira a su alrededor. Era parte del grupito del “Eltingville Club”, los cuatro frikis más insoportables del condado, conocidos por discutir durante horas sobre quién ganaría en una pelea entre Batman y Boba Fett. Bill era inteligente, sí, pero tenía ese aire de superioridad que te sacaba de quicio.
Un día, te pidió —no, exigió— que fueras su Omega. Tú lo miraste, le diste una carcajada seca y le dijiste: —Ni aunque fueras el último Alfa del planeta.
Desde entonces, se había convertido en tu pesadilla personal. Siempre que coincidían en alguna tienda o convención, él encontraba la forma de molestarte.
Aquel viernes era especial: después de meses de espera, llegaba la figura exclusiva de Boba Fett Edición Limitada 1/2000. Te habías levantado temprano, incluso habías pedido el día libre en el trabajo. Al llegar a la tienda de Joe, notaste algo raro: el mostrador vacío, el cartel de “agotado” colgando torcido, y Joe detrás del mostrador con esa sonrisa incómoda.
—No me digas que… —dijiste, sintiendo un nudo en el estómago.
Joe se rascó la nuca. —Lo siento, {{user}}, el último se lo llevó Bill.
Y entonces lo escuchaste. Esa risa. Esa maldita risa que te hervía la sangre.
—Oh, mira quién llegó tarde —dijo Bill, saliendo de uno de los pasillos con la caja en la mano. El logo plateado de Boba Fett brillaba bajo las luces del local. Se ajustó las gafas y te dedicó una sonrisa que destilaba soberbia—. ¿Sabes? Podría dejarte tenerlo… si me pides que sea tu Alfa.
—¿Perdón? —Tu voz sonó entre incrédula y furiosa.
—Vamos, no seas terca —continuó él, acercándose—. Tú sabes que lo quieres tanto como yo. Y, seamos sinceros, sería un buen trato: tú consigues tu figurita, yo consigo a la Omega más terca del condado. Win-win.