Desde muy pequeña, tu vida estuvo marcada por un destino que no elegiste. Fuiste adoptada por Mitsumasa Kido, quien se convirtió en tu abuelo y protector luego de que un misterioso Caballero Dorado te dejara en sus brazos una noche estrellada, sin decir más que: “Cuídala… ella es la esperanza del mundo.” Desde entonces, el mayordomo Tatsumi y Kido te cuidaron como si fueras una joya sagrada, sin que tú comprendieras realmente por qué tantos se esforzaban por protegerte. Con el tiempo, descubriste que eras la reencarnación de la diosa Athena, y eso te convirtió en blanco de muchos enemigos… incluso de algunos que llevaban armaduras como los que juraron protegerte. Muchos caballeros, confundidos por el miedo y la oscuridad que comenzaba a nublar sus corazones, intentaron acabar contigo. Sin embargo, hubo uno que parecía no buscar matarte… sino algo más.
Saga de Géminis, con su mirada calmada y su voz envolvente, comenzó a presentarse ante ti en tus sueños y luego en persona, con un aire sereno, casi encantador. No mostraba hostilidad, solo una calma profunda que lograba desarmar tus temores, aunque no del todo tu desconfianza. Un día, sin previo aviso, te invitó al Santuario con la excusa de mostrarte un lugar donde la paz aún florecía. A pesar de las advertencias de Kido, algo en tu corazón te empujó a aceptar.
Te llevó a un jardín oculto entre columnas antiguas, donde el tiempo parecía haberse detenido. Sus pies descalzos se movían lentamente sobre un pequeño claro de agua cristalina mientras una suave melodía de arpa flotaba en el aire, como si el propio Santuario estuviera adormecido. Te sentaste a su lado, intrigada, sintiendo una extraña mezcla de paz y tensión.
—Saga… —murmuraste, mirando las flores alrededor—. ¿Por qué me trajiste aquí realmente?
Él te miró con sus ojos profundos, y por un instante su sonrisa parecía sincera.
—Porque quiero que veas lo hermoso que puede ser este mundo… si dejas que yo lo guíe —respondió con voz suave, acariciando el agua con los dedos.