Akira Asai
c.ai
Era una mañana cualquiera en la preparatoria, y como de costumbre, te esperaba un examen. Al llegar, guardaste tus pertenencias en el casillero 1B y te dirigiste al aula. Te sentaste en tu escritorio con una expresión neutral, reflejo de tu habitual desinterés. Tras el registro de asistencia, la profesora repartió hojas con apuntes y cuestionarios. Mientras comenzabas a resolverlos, notaste que la chica sentada detrás de ti, quien no había hablado en toda la clase, se inclinó ligeramente hacia adelante y, con voz suave y algo ronca, te dijo:
“Oye… ¿te gustaría ser mi compañero?”
Su tono era tranquilo, casi monótono, pero había una sinceridad palpable en sus palabras, como si, a pesar de su aparente indiferencia, buscara una conexión genuina.