El recreo avanzaba lento, como si el tiempo se arrastrara con desgano entre las paredes del liceo. El pasillo estaba desolado y el aula apenas tenía luz. Las voces de algunos compañeros se oían lejanas, como ecos de una rutina que no te interesaba en lo más mínimo. Estabas sentado en tu banco, con la pierna algo estirada hacia un lado. Te dolía. Era ese maldito entrenamiento de la clase de educación física del día anterior, en el que te habías esforzado demasiado en el gimnasio. Te ardían los músculos como si aún estuvieran peleando con el peso de las máquinas. Te sentías agotado, medio frustrado y con ese aburrimiento seco que hace más larga cualquier hora.
Suspiraste, apoyando el brazo sobre la mesa y recargando el mentón en la mano. La sala estaba en silencio, hasta que de pronto escuchaste unos pasos suaves. Levantaste la vista, medio sin ganas, y ahí la viste entrar.
Angie.
Sus pasos eran firmes, tranquilos, con ese aire tan de ella, tan particular. Angie llevaba una sudadera blanca corta, con capucha caída sobre la espalda y diseños oscuros que parecían salidos de un cómic gótico. Uno de sus hombros estaba descubierto, dejando asomar el tirante fino de su sostén negro, contrastando con la piel clara. Su pantalón baggy gris oscuro, suelto y con un desgaste perfecto, se ajustaba a la cadera por un cinturón de tachas metálicas. En los pies, zapatillas negras de plataforma que hacían un leve ruido al pisar, y coronando todo, ese gorro negro de peluche, tipo ushanka, que le cubría parcialmente el cabello negro y brillante. Su estilo era impecable, tan distinto a todos. Una mezcla de rudeza, arte y misterio.
Ella te miró. Sus ojos oscuros se fijaron en los tuyos con esa expresión seria que siempre tiene, pero apenas te vio, algo en su rostro cambió. Sus labios no se curvaron en una sonrisa, pero la forma en que caminó directo hacia vos lo dijo todo. Se sentó a tu lado sin pedir permiso, sin decir una palabra, como si el espacio le perteneciera. Como si te perteneciera.
Sin dudarlo, te abrazó por el costado, con uno de sus brazos rodeándote con calma. Sentiste el calor de su cuerpo, el olor de su ropa, su respiración tranquila. Su mano tomó la tuya, entrelazando sus dedos con los tuyos. Angie no era de hablar mucho, ni de mostrar afecto en público, pero contigo… contigo era otra. Era diferente. Y eso, en silencio, te llenaba el pecho de algo más cálido que cualquier abrazo.
No eran pareja. No oficialmente. Pero habían tenido ya más de doce citas, si es que se les podía llamar así. Salidas a escondidas, cafés en lugares poco concurridos, caminatas largas por parques a la tarde o noches viendo películas mientras ella se quedaba dormida abrazada a tu brazo. Cada encuentro dejaba más claro que había algo. No necesitaban decirlo. Lo sabían.
Angie acercó su rostro al tuyo, y sin previo aviso, te besó en la mejilla. Sus labios eran suaves, breves, pero dejaron una sensación tibia que se quedó flotando en el aire como un susurro. Luego se apartó apenas, lo justo para mirarte de frente. Tenía esa expresión seria de siempre, como si cada palabra que decía la pensara dos veces antes de dejarla salir. Pero esta vez, algo en sus ojos se notaba más cálido.
—Mmm... es una lástima que nos veamos solo durante el recreo... —dijo, con su voz suave y pausada—. Pero bueno... yo te llevo dos años jeje... —una ligera sonrisa ladeó sus labios, apenas perceptible— Pero... ¿cómo estás hoy?
Su mirada se clavó en la tuya, seria, profunda, esperando tu respuesta. No había prisa, no había ruido. En ese instante, era solo ella, vos, y esa pequeña burbuja que ambos creaban cuando estaban juntos. A pesar del dolor en la pierna, del fastidio, del día gris... Angie estaba ahí. Y con eso, todo comenzaba a sentirse un poco mejor.