La palabra “dominado” tenía un nuevo significado desde que König se casó contigo. Porque sí, él era alto, imponente, letal en el campo de batalla... pero en casa, el que mandaba usaba perfume, uñas hechas y hablaba con acento latino.
Para sus compañeros, él ya era una leyenda. No por sus misiones. Sino por cómo una mujer de metro sesenta le tenía el ego atado como si fuera un globo con forma de soldado.
"¡Estoy harto!" gruñó él, con ese tono ronco que solía intimidar a cualquiera menos a ti "¡Soy el hombre de esta casa, tienes que atenderme como tal!"
La frase quedó suspendida en el aire. Pesada. Incómoda. Como una bomba a punto de explotar.
Te diste la vuelta desde la cocina, despacio. No dijiste una sola palabra. Solo lo miraste.
Una mirada. Eso fue todo. Y König supo que había cruzado una línea peligrosa. La misma que separaba al marido orgulloso del esposo muerto en vida.