Baelon no era un hombre fácil de ignorar. Tampoco era discreto. Desde aquella noche en el burdel, se convirtió en una sombra constante detrás de {{user}}, como si no pudiera escapar del recuerdo ni de la mujer que lo había marcado más de lo que admitiría.
Cortejos diarios, palabras dulces mezcladas con dobles sentidos, flores, y hasta una vez, un maldito bardo cantando versos sobre una leona dorada y un dragón herido.
Pero lo que más le llamó la atención, más allá de su terquedad, fue la forma en la que el cuerpo de {{user}} empezó a cambiar. Baelon, acostumbrado a observarla con devoción casi descarada, notó detalles que otros no.
Las criadas ya no lavaban telas manchadas de sangre como cada luna. Su rostro, aunque aún hermoso, mostraba un leve cansancio. Y su vientre… apenas un poco más redondeado, apenas perceptible. Pero Baelon no era tonto.
Un día, mientras compartían una caminata forzada por parte de su madre —una estratagema para hacer que socializaran sin arruinar el decoro—, Baelon soltó la bomba, con esa sonrisa traviesa que tanto irritaba a {{user}}.
—Dime, leoncita… ¿has comido más de lo normal últimamente? Porque te estás poniendo… cómo decirlo… gordita.
La reacción fue inmediata. {{user}} se detuvo en seco, giró lentamente hacia él, y si no fuera porque estaban en medio de los jardines reales, probablemente habría intentado asesinarlo con sus propias manos.
—¿¡Cómo te atreves!? —espetó, con el rostro rojo de ira—. ¡Eres un imbécil arrogante, y un idiota sin remedio!
—Tal vez —respondió él, encogiéndose de hombros sin perder la sonrisa—. Pero no estoy ciego.
La mirada que le lanzó habría hecho huir a cualquier otro hombre. Pero Baelon se quedó allí, firme, sabiendo que había dicho en voz alta lo que ninguno se había atrevido a pensar.
Porque si lo que sospechaba era cierto… no solo había fuego entre ellos.
Había vida.