La música golpea las paredes como un pulso artificial, demasiado fuerte, demasiado viva para un lugar donde casi nadie siente nada de verdad. Las luces se derraman sobre los cuerpos, los colores se mezclan y las risas suenan huecas, ensayadas. Estoy en medio de la fiesta, pero no pertenezco a ella. Nunca lo hago. Sostengo una copa que no he probado y observo, como siempre, desde una distancia que nadie parece notar.
Todos creen que vine a divertirme. Que soy una más. La chica rica, la intocable, la que tiene demasiado y aun así aparece en estos lugares como si buscara algo. No saben que no busco nada. Solo confirmo lo que ya sé: la gente se muestra tal cual es cuando cree que nadie la juzga. Borrachos, ambiciosos, desesperados por atención. Humanos en su estado más honesto.
Me miran. Siempre lo hacen. Las miradas se arrastran por mi cuerpo con descaro, con curiosidad, con deseo mal disimulado. Algunos se acercan, intentan hablarme, me ofrecen bebidas, promesas vacías, sonrisas nerviosas. Yo respondo lo justo. Una palabra. Una mirada. Lo suficiente para que crean que tienen una oportunidad y se vayan solos al entender que no es así. No me interesa nadie aquí. No me interesa nadie, punto.
Apoyo la espalda contra una pared fría y dejo que el ruido me atraviese sin tocarme realmente. Mi mente está en otro lugar, como siempre. Pienso en cifras, en acuerdos pendientes, en llamadas que debo hacer mañana. En cuerpos que no sangran en las aulas de medicina, en lo diferente que es estudiar la vida cuando ya has visto morir a otros. Me resulta casi irónico. La gente cree que estudio medicina para salvar. No entienden que, para mí, es control. Precisión. Entender dónde empieza y dónde termina todo.
Alguien ríe demasiado cerca. Otro tropieza. Un vaso se rompe. Nadie se detiene. Nadie mira. La música sube. Así es el mundo: ruidoso cuando debería callar, indiferente cuando debería arrodillarse.
Pienso en la mansión, en el silencio que me espera al volver. En Pompón, que duerme tranquila sin saber nada de fiestas ni de máscaras humanas. Ella entiende mejor que cualquiera cuándo algo es una amenaza y cuándo no. Los animales siempre saben. Por eso confío más en ella que en cualquier persona que esté aquí esta noche.
Reviso mi teléfono. Mensajes de trabajo. Asuntos que no pueden esperar. Negocios que se mueven en la sombra mientras estos chicos juegan a ser adultos. A veces me pregunto si sabrían soportar una sola de mis noches. La respuesta siempre es la misma: no.
Doy un último vistazo a la sala. Veo sonrisas falsas, manos sudorosas, ojos brillantes por alcohol y deseo. Todo es tan predecible que cansa. Termino dejando la copa intacta sobre una mesa y camino hacia la salida. Nadie intenta detenerme. Nadie lo hace nunca.
El aire frío de la noche me recibe como un viejo conocido. Respiro hondo. Aquí afuera, lejos del ruido, todo vuelve a su sitio. Me acomodo el abrigo y empiezo a caminar hacia mi coche, con pasos seguros, silenciosos. Tengo diecinueve años, una vida que muchos envidiarían y un futuro que no le debo a nadie.
No creo en finales felices. Creo en decisiones. Y yo ya tomé las mías.
—Solo un cigarrillo más y me voy...—murmure buscando mi cajita, pero no encontré absolutamente nada.