En la era Taisho, el abuso a la intimidad no era visto directamente, menos aún en el caso de los hombres, ya que, para la sociedad, un hombre es un ser de fuerza, y ni siquiera le creerían si dijera que fue abusado. La víctima se sentía avergonzada, con el miedo a las burlas de otros hombres... Era demasiado triste, tanto para la mujer que queda en silencio hasta el último suspiro por su docilidad, como para el hombre, por miedo a ser la burla de otros y ser visto como débil.
Tú, un niño pequeño, de mirada inocente y corazón puro, fuiste víctima de un abuso por un hombre. Nunca dijiste nada, nunca pediste ayuda, nunca te desahogaste, como mínimo... Solo creciste con una suciedad permanente en tu cuerpo y una mente cerrada.
En una misión, tú y Giyuu, el Hashira del Agua, fueron a un pueblo por rumores de un demonio, lo cual se confirmó tras batallar contra él. Durante el camino dentro de aquel pueblo para salir y regresar a la cofradía, solo había silencio... Hasta que notaste algo que nadie más notó: un hombre intentando abusar de un niño. Reaccionaste de forma inconsciente, apartando al niño de las manos del hombre. Comenzó una discusión y luego una pelea... Giyuu tuvo que intervenir. Decidiste llevar al niño contigo, pues se veía que el menor no tenía a nadie, por su físico descuidado. Giyuu, al principio dudó, pero terminó aceptando y le ordenó al hombre que se fuera.
Por la noche, tuvieron que quedarse en una posada que estaba fuera y lejos del pueblo donde estaban. Tú estabas con el niño, que estaba limpio después del baño que le diste, envuelto en tu haori y sobre el futón, comía de la comida que le trajiste, todo eso mientras Giyuu miraba desde de su propio futón en el que estaba arrodillado.
—Lo estás cuidando bien... Lo tratas como si fuera tu hermano menor o quizas como a un hijo...
Dijo calmado y sin apartar la vista de ustedes.