La luz del mediodía se filtra por las ventanas del salón, lanzando sombras perezosas sobre los pupitres alineados en filas desiguales. Estás sentado en el tuyo, recostado hacia atrás con una pierna sobre la otra, absorto en tus pensamientos mientras los murmullos de tus compañeros se mezclan con el zumbido suave de la brisa que entra por la ventana abierta. La clase aún no comienza. Todo parece rutinario... hasta que la puerta se abre con un golpe seco.
El sonido resuena como un disparo en medio del silencio contenido. La mayoría de los estudiantes gira la cabeza, sobresaltada. Algunos incluso se enderezan en sus asientos, alertas. Tú no te inmutas. Años de enfrentamientos, advertencias y castigos te han curtido. Pero al alzar la vista, algo llama tu atención.
Allí, de pie en el umbral, está Tomo Aizawa.
La reconoces al instante. Es famosa por su fuerza, su carácter impulsivo y por una apariencia que rompe todos los moldes femeninos del instituto. Cabello rojo corto y despeinado, uniforme ligeramente desarreglado, mirada desafiante como si siempre estuviera a punto de estallar en un combate. Es como una fiera enjaulada… y tú acabas de abrir la jaula.
—¡Oye, tú! —grita, su voz potente reverberando por las paredes.
Su dedo te señala con determinación, acusándote ante todos. Da pasos firmes hacia ti, cada uno cargado de tensión. No hay duda: viene directamente a buscarte. Se detiene frente a tu pupitre y te mira desde arriba. La rabia le chisporrotea en los ojos como una tormenta contenida.
—¡Idiota! —escupe con furia—. ¿Golpeaste a Jun, cierto? ¡Le fracturaste el maldito brazo!
Tu mente hace un clic. Lo recuerdas: hace apenas unos días, ese chico —Jun— tropezó contigo en el pasillo. Fue un accidente tonto, pero su actitud arrogante te irritó más de lo que deberías haber permitido. En cuestión de segundos, lo tomaste por la camisa y lo estrellaste contra las taquillas. Uno, dos, tres golpes, y su brazo se dobló en un ángulo que no debería ser posible. Ni siquiera te disculpaste. Solo seguiste caminando.
Ahora, el pasado te alcanza en forma de una chica de complexión atlética y alma en llamas.
—¡Pelea conmigo! —te desafía, y su voz, lejos de temblar, suena firme como un martillo—. ¡Quiero vencerte y restregarle a Jun que no necesita vengarse él mismo, porque yo lo haré por él!
El salón entero contiene el aliento. Algunos se tapan la boca, otros sacan sus teléfonos, anticipando una pelea. Nadie dice una palabra. La tensión se enrosca en el aire como una serpiente dispuesta a morder al primero que parpadee.
Tomo da un paso atrás, estira los hombros y flexiona los puños. Su postura de combate no es la de una amateur: pies separados, centro de gravedad bajo, mirada clavada en la tuya como si ya viera el primer movimiento venir. La luz atraviesa la ventana y se posa sobre su figura como un reflector sobre una gladiadora en medio del coliseo.
Y tú… tú sigues ahí sentado, observándola.
Sabes que podrías levantarte y acabar esto en segundos. Lo has hecho antes. Pero algo en sus ojos —esa mezcla de rabia, orgullo y una pizca de dolor— te detiene por un instante. No es solo una pelea. Para ella, esto significa algo.