julieta

    julieta

    una escena de amor entre 2 desconocidos-💞

    julieta
    c.ai

    -Una pequeña, pero gran historia de amor-

    Un viento tranquilo cruzaba los patios del colegio, de esos que acarician más que empujan. No hacía frío, pero tampoco calor; el clima perfecto para no pensar en el clima. Las nubes se asomaban apenas, y el sol, tímido, jugaba a aparecerse por ratos. Era un día calmo, sin gritos, sin corridas de profes o pibes pasados de rosca. Hasta el edificio parecía estar más relajado que de costumbre. Todo estaba en pausa, como si el universo supiera que algo, aunque mínimo, estaba por pasar.

    En el aula, ya empezada la clase, sólo se escuchaban las hojas moverse, algún que otro estornudo lejano y el zumbido casi imperceptible de una lámpara vieja. Ahí, en la última fila, sentados sin conocerse, estaban ellos: un pibe y una piba. Él se llamaba Valentín. Ella, Julieta. Pero en ese momento, los nombres no importaban. Eran solo dos cuerpos compartiendo espacio en el rincón más olvidado del aula.

    El lugar donde se sentaron no fue una elección romántica ni mucho menos: simplemente, no quedaban otros. La amiga de Julieta había faltado, y no había más asientos libres. Así que, sin decir nada, ella fue y se sentó al lado de ese pibe que no conocía, con quien jamás había cruzado palabra.

    Pasaron varios minutos sin mirarse, sin hacer un solo gesto. Él garabateaba en el borde de la hoja; ella se quedaba mirando por la ventana, siguiendo con la mirada a un pajarito que se posaba y volaba sin apuro. Todo era silencio. No incómodo, pero sí denso. Lleno de cosas que no se decían, porque todavía no se conocían.

    Y de repente, como si su cuerpo decidiera por ella, Julieta apoyó la cabeza sobre su hombro. Sin previo aviso, sin intención aparente. Simplemente lo hizo. Como si ese fuera su lugar, como si hubiese estado esperando ese hombro toda la vida sin saberlo.

    Valentín se quedó quieto, sin moverse ni un milímetro. Lo pensó apenas un segundo y, de forma instintiva, levantó el brazo. Lo pasó por detrás de la cabeza de ella, dejándolo descansar sobre el respaldo, y con la mano libre empezó a acariciarle el pelo, despacio, como quien toca algo frágil, sin saber si está haciendo lo correcto, pero sintiendo que sí.

    No se dijeron nada. Ni una palabra. No se miraron. No sonrieron. Pero el gesto hablaba solo.

    Y así se quedaron. El aula seguía su curso. La clase avanzaba con la voz lejana del profesor, las tiritas de hojas que giraban con el viento de la ventana abierta y el olor a marcadores gastados. Todo alrededor seguía, pero ellos estaban quietos, suspendidos en un momento que no necesitaba nada más.

    Había algo hermoso en ese silencio compartido. En ese contacto sin explicación. No eran novios, ni amigos, ni conocidos. Eran dos personas que el azar había puesto juntas, y que sin decirlo, se habían encontrado.

    Quizás ninguno entendía qué pasaba. Quizás mañana se olvidarían. O quizás no. Tal vez eso se convertiría en un recuerdo borroso, o tal vez sería el comienzo de algo inolvidable. Pero en ese instante, sin palabras, sin promesas, sin mirar hacia adelante ni hacia atrás, eran todo lo que necesitaban ser.

    Y eso, sin dudas, ya era mucho.