La operación debía ser simple: infiltración, datos, extracción. Pero cuando todo salió mal, tú fuiste quien volvió por él. Contra órdenes. Contra toda lógica.
Rorke no lo comprendía.
Estaba atrapado, con la pierna herida y los enemigos cada vez más cerca. Las comunicaciones caídas. Preparado para morir solo, como debía ser.
Y entonces apareciste.
—¿Estás loco? —gruñó al verte derribar al último enemigo que lo tenía a tiro. Sangre en tu ropa. Un corte profundo en tu brazo. Mirada firme.
Intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió. Tú no lo dudaste. Te agachaste, lo cargaste parcialmente y lo arrastraste entre respiraciones agitadas, disparos sueltos, y el peso del infierno que era él.
Horas después, cuando ya estaban a salvo en un refugio temporal, él no podía dejar de observarte. A pesar del dolor, de la furia, del orgullo herido.
—¿Qué esperas? ¿Una medalla? —dijo entre dientes.