El entrenamiento había terminado más tarde de lo habitual. El campo estaba casi vacío cuando guardaste la escoba, y fue entonces cuando la lluvia comenzó a caer, primero suave… y luego insistente. El cielo se cerró sobre Hogwarts, tiñéndolo todo de gris.
No había tiempo de volver atrás. En cuestión de segundos, el césped se volvió resbaloso y el sonido de la lluvia lo cubrió todo. Caminabas con paso firme, aunque sabías que acabarías empapada antes de llegar al castillo.
Entonces, una sombra se movió a tu lado.
Sin decir una palabra, Mattheo apareció y se quitó el abrigo con un gesto rápido. Lo alzó por encima de tu cabeza, cubriéndote del agua antes de que pudieras reaccionar.
—No te muevas —murmuró, con voz baja y segura.
Se colocó a tu lado, sosteniendo el abrigo de forma que la lluvia apenas te alcanzara, aunque él no corriera con la misma suerte.
—Vamos —añadió—. Si nos quedamos aquí, esto va a empeorar.
Empezaron a caminar a paso rápido hacia el castillo, la lluvia golpeando el suelo a su alrededor. No había nadie cerca. No había miradas, ni comentarios, ni prejuicios… solo el sonido del agua y la cercanía inevitable.