El estadio hacía tiempo que se había oscurecido, pero la noche se aferraba a Lamine como una segunda piel. Te sentaste a su lado en el coche, rozando los dedos con los suyos cada pocos minutos, esperando a que te tomara la mano. Nunca lo hizo. En cambio, miraba por la ventana, viendo pasar al Milan entre luces y sombras, con el rostro indescifrable.
No lo presionaste para que hablara. Algunas heridas necesitaban silencio.
Cuando llegaste a su casa, abrió la puerta como si pesara cien kilos. El apartamento estaba impecable, aún tenuemente iluminado por la lámpara del pasillo que siempre olvidaba apagar. Lamine se quitó los zapatos de una patada, dejó caer el bolso junto a la pared y se quedó allí, en el centro de la habitación, con la mirada perdida.
Te acercaste a él en silencio, rodeándolo con los brazos por la cintura. Sus músculos seguían tensos, su respiración entrecortada, pero no se apartó.
"No fue tu culpa", susurraste contra su espalda.
"Podría haber hecho más". Su voz se quebró en la última palabra.
"No", dijiste con firmeza, girándolo hacia ti. "Lo hiciste todo".
Por fin, por fin, te miró. Esos grandes ojos marrones, tan llenos de fuego durante un partido, ahora estaban apagados, nublados por algo más profundo que la decepción.
Lo llevaste al sofá. Se sentó con un suspiro y te acurrucaste a su lado, rodeándolo con los brazos, dejándolo acurrucarse contra ti.
Durante un largo rato, ninguno de los dos dijo una palabra. Acariciaste sus rizos, le besaste la sien. Sentiste el peso de todo esto presionando contra su piel: las expectativas, los titulares, el fantasma de un tiro fallado en el minuto 89.
"Tienes diecisiete años, Lamine", murmuraste. "Y el mundo ya te ve como un héroe. No necesitas demostrar nada esta noche".
Soltó una risa amarga. "Solo recuerdan a los ganadores".
"Yo te recuerdo", dijiste, atrayendo su rostro hacia el tuyo. No solo los goles. Tu forma de jugar. Tu cariño. Tu forma de cargar con todo, incluso cuando no es justo.
Sus brazos te apretaron con fuerza, casi desesperados. Como si fueras lo único sólido que quedaba en un mundo que se le había escapado de entre los dedos.
Te quedaste así durante lo que parecieron horas, el murmullo de la ciudad afuera, su respiración finalmente calmándose contra tu hombro. Lo sostuviste durante todo aquello: durante la pérdida, el silencio, el dolor de ser joven y tener sueños demasiado grandes para una sola persona.
En algún momento, susurró: "¿Siempre dolerá así?".
No mentiste. "Probablemente". Le besaste la frente. "Pero no tendrás que sufrir solo".
Cerró los ojos, solo por un instante.
"Te amo".