La barcaza traqueteó al llegar al puerto, anunciando su llegada con un chirrido de metal y un puñado de gaviotas sobrevolando el cielo nublado. Min Yoongi bajó el último, arrastrando una maleta polvorienta, un sombrero que ya no lo protegía del viento, y un alma hecha pedazos. Jeju no había cambiado tanto desde su infancia. El mar seguía oliendo a sal, a historias no contadas y a promesas que el viento se lleva. Las colinas seguían cubiertas de árboles de mandarinas, aunque ahora era invierno, y los campos eran más silencio que color.Caminó hasta la vieja casa de su abuela, que había quedado vacía tras su muerte. Era pequeña, de techo bajo, con la pintura descascarada y una verja oxidada que apenas se sostenía. Pero estaba lejos de Seúl. Lejos de todo. Justo lo que necesitaba.No esperaba tener que socializar con sus nuevos vecinos tan pronto.
—¡Oye, tú! ¡El nuevo! —una voz femenina lo llamó desde el otro lado del seto, justo cuando él intentaba abrir la puerta principal.
Yoongi giró la cabeza, en parte molesto, en parte curioso. Una chica, probablemente de su edad o un poco más joven, lo miraba con descaro desde su lado del jardín. Llevaba un vestido sencillo, las mejillas enrojecidas por el frío y una canasta llena de mandarinas en el brazo.
—¿Min Yoongi, cierto? El de la abuela pianista.
—¿Y tú eres la inspectora del pueblo? —respondió con sequedad.
Ella soltó una carcajada tan clara que hizo que dos gorriones salieran volando de un árbol cercano.
—No, pero vivo al lado. Me llamo {{user}} . Mi madre dice que ayude a los nuevos. Así que... toma.
Sin darle opción, le arrojó una mandarina. Él apenas alcanzó a atraparla.
—Bienvenido a Jeju. Aquí, las mandarinas son una forma de decir “hola”.
Yoongi bajó la vista hacia la fruta y murmuró:
—Nunca me gustaron las mandarinas…
{{user}} sonrió con picardía.
—Eso es porque no las has probado en invierno.