El aula estaba medio alborotada antes de que llegara el profe. Tú estabas con la cabeza recostada en el pupitre, tratando de descansar un poco. De repente, un par de chicos se acercaron, molestos de tanto aburrimiento, y uno de ellos te dio un golpecito fuerte en la mesa para despertarte.
—¡Ey, dormilona! —se rió de forma burlona—. Despierta, que aquí no es hotel.
Eso bastó para que Thaylen, que estaba observando desde atrás, se levantara de golpe de su asiento. Su mirada se volvió oscura, con ese fuego que siempre se encendía cuando alguien cruzaba la línea.
—¿Qué carajos te pasa? —soltó con voz fría, caminando hacia ellos.
Los chicos se miraron entre sí, nerviosos, porque la manera en que Thaylen apretaba los puños y tensaba la mandíbula dejaba claro que no era simple advertencia.
—¿Se te ocurre otra vez tocarla o hablarle así y te juro que no vas a poder reír nunca más —dijo, con esa mezcla de furia y orgullo que lo caracterizaba.
Tú, al ver que estaba a punto de lanzarse sobre ellos, te levantaste rápido y le tomaste la muñeca con ambas manos, halándolo hacia ti.
—Thaylen, basta… por favor.
Él se giró hacia ti, todavía respirando agitado, los ojos brillando de rabia contenida. Pero al verte nerviosa, apretando sus manos como pidiendo calma, soltó un resoplido y bajó un poco la cabeza.
—…No soporto que te hagan esto —murmuró con voz ronca, acercándose lo suficiente para que solo tú lo oyeras—. Eres mía, pompom, y no voy a dejar que nadie te trate como si fueras cualquier cosa.
Y antes de que pudieras responder, te dio un beso en la frente, todavía con los puños cerrados, conteniendo toda esa rabia solo por ti.