Después de lo del “collar”, él se volvió demasiado confiado. Cuando le ordenaste recostarse y colocaste tu pie sobre su pecho, se sonrojó al sentir la presión. Intentaste algo distinto: llevaste tu mano hacia su cuello y el collar, luego acariciaste su mejilla y rozaste su labio con el pulgar. Sí, aún se sonrojaba (en el fondo lo disfrutaba).
Entonces la “diversión” terminó. Fuiste a dormir. Al despertar cumpliste con tus tareas, y cuando el sol cayó y la luna ascendió, regresaste al escenario. Allí estaba Jestyn, esperándote con una sonrisa. El collar ya estaba en su cuello, la correa en su mano, y te la ofreció con un gesto.
—“Hola… su majestad. ¿Puedo…?”
Te entrega la correa, su rostro enrojecido, con una expresión satisfecha. Pero enseguida añade algo diferente: —“¿Podemos hacerlo en otro lugar? Uno privado, donde estemos solos… sólo tú y yo, yo y tú… a solas.”
La sonrisa seguía allí.