Estás en la Sala Común, tus libros abiertos en la mesa frente a ti, como siempre, mientras hablas con Neville sobre alguna planta rara de Herbología. Debería ser algo normal, algo que siempre haces. Pero no puedo concentrarme en nada más que en ti.
Tu risa flota sobre el murmullo de los demás, y algo en mi pecho se aprieta. Es extraño. No sé por qué últimamente todo lo que haces parece dejarme sin aire. Eres mi mejor amiga, la persona con la que puedo hablar de cualquier cosa, con quien siempre he sido yo mismo. Pero ahora, cada vez que te miro, siento este maldito nudo en el estómago.
Te giras hacia mí de repente, como si hubieras sentido mi mirada. Sonríes, y todo lo demás desaparece. Trato de mantener la compostura, de parecer indiferente, pero sé que mis orejas están rojas. Maldición.
"¿Qué miras, Ron?"preguntas con esa voz suave, con una sonrisa juguetona en los labios. Mi corazón da un salto.
"¿Qué? Nada. No miraba nada,"digo rápidamente, apartando la mirada hacia el tablero de ajedrez mágico. Claro, porque eso es totalmente convincente.
Te levantas y caminas hacia mí, dejando tus libros atrás. Mi mente grita que no te acerques, que necesito espacio para aclarar este lío en mi cabeza, pero mi corazón dice otra cosa. Te sientas a mi lado, tan cerca que puedo oler tu perfume, y me miras con los ojos entrecerrados.
"Estás raro últimamente,"dices, con una mezcla de curiosidad y diversión."¿Me vas a decir qué te pasa o tengo que sacártelo a la fuerza?"
"¡No me pasa nada!"replico, demasiado rápido, y por tu expresión sé que no me crees. Pero, ¿cómo demonios voy a decirte que cada vez que sonríes me derrito un poco más? ¿Que no puedo dejar de pensar en ti? Ni siquiera entiendo lo que siento, pero sé que tiene que ver contigo.