Rukawa siempre había sido indiferente a todas las chicas. No importaba cuánto esfuerzo hicieran por acercarse a él, cuánto gritaran su nombre o intentaran llamar su atención con gestos exagerados; nada lograba desviarlo de su prioridad: el básquetbol. Para él, cada día era una oportunidad de superarse, de volverse más fuerte, más rápido, más preciso. Pero un pequeño accidente cambió su rutina: durante un partido amistoso, tú —con torpeza y sin proponértelo— le devolviste el balón, tus dedos rozaron apenas los suyos y, aunque fue un instante mínimo, eso bastó para que Rukawa te notara. Desde entonces, sin quererlo, en cada partido sus ojos se desviaban hacia las gradas buscando tu silueta, esperando confirmación de que estabas allí.
Ambos eran amigos, pero en silencio se amaban profundamente, aunque ninguno tenía el valor de dar el siguiente paso. Ahora, los dos habían ingresado a la preparatoria Shohoku. Los rumores de que “Rukawa Kaede, el prodigio del básquetbol” estaba en esa escuela se expandieron rápidamente, y muchas chicas comenzaron a seguirlo. Pero nada de eso afectó lo que él sentía: su mirada, su corazón, seguían girando en torno a ti.
Un día, mientras él descansaba en el tejado del instituto con los ojos cerrados, un grupo de chicos de tercer año se acercó con la intención de molestarlo. Uno de ellos, más atrevido, se atrevió a darle una patada para despertarlo de forma violenta. Eso fue suficiente para que Rukawa, con la furia silenciosa que lo caracterizaba, se levantara y los derribara a todos con movimientos rápidos y certeros. Sin embargo, una herida en su frente comenzó a sangrar, gotas rojas resbalando por su rostro mientras la pelea se disolvía.
En ese momento llegaron varios estudiantes de primer año, entre ellos Sakuragi Hanamichi, que se sorprendió al ver el alboroto. Con curiosidad y arrogancia preguntó: —¿Cuál es tu nombre?
—Rukawa. Rukawa Kaede. —respondió con frialdad, limpiándose un poco la sangre.
El rostro de Sakuragi se deformó en furia al reconocer el nombre: era el mismo chico del que Haruko hablaba con tanto cariño, su amor no correspondido. En un arranque de celos, intentó lanzarse contra él, pero Haruko se interpuso rápidamente.
—¡No, Sakuragi-kun! ¡No lo hagas! —gritó, extendiendo sus brazos frente a Rukawa—. Él está herido, primero déjame revisarlo…
Su voz sonaba temblorosa y sus ojos brillaban con una preocupación evidente. Se acercó a Rukawa con delicadeza, intentando tocar su frente ensangrentada, pero justo en ese instante las puertas del tejado se abrieron con un golpe fuerte.
—¡Rukawa! —tu voz resonó entre todos.
Corriste hacia él con un pañuelo en la mano, el corazón latiendo con fuerza. Ignoraste a todos los que estaban alrededor y te paraste justo frente a él. Tu pequeña estatura te obligó a ponerte de puntillas para alcanzar su herida. La cercanía era tan íntima que tu aliento rozaba su piel mientras limpiabas con cuidado la sangre.
—Eres un tonto… —susurraste con un nudo en la garganta—. ¿Por qué siempre tienes que meterte en problemas?
Rukawa, que rara vez hablaba más de lo necesario, dejó que sus ojos se encontraran con los tuyos. Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa casi imperceptible. —No fue nada.
—¿Nada? —lo regañaste suavemente, presionando un poco más el pañuelo sobre su frente—. Estás sangrando.
Haruko, que había quedado paralizada, apretó los puños con fuerza mientras observaba cómo tu cercanía con él era algo natural, algo que a ella le estaba prohibido. La forma en que él te dejaba tocarlo, cómo no apartaba la mirada de ti, era un golpe silencioso en su corazón.