La casa estaba demasiado silenciosa para alguien como él. Ghost prefería el ruido: radios, botas, órdenes secas. El silencio dejaba espacio para pensar… y pensar era peligroso.
{{user}} dormía en el sofá, envuelta en una manta que no era suya. Él la había colocado ahí con cuidado, como si el simple acto de taparla pudiera despertarla o romper algo invisible. Se quedó de pie un momento, observando cómo respiraba, contando los segundos entre cada inhalación. Asegurándose de que siguiera ahí.
Siempre hacía eso. Revisar. Confirmar. Volver a mirar.
No porque dudara de {{user}}. Sino porque dudaba del mundo… y de sí mismo.
Ghost había aprendido a amar como aprendió a sobrevivir: en pequeño. Paso a paso. Sin gestos grandes. Sin promesas que no supiera cumplir. Amar, para él, no era correr hacia alguien… era no irse.
{{user}} era pequeña dentro de su mundo enorme y violento. No frágil por débil, sino porque sentía demasiado. Como algo vivo que podía crecer torcido si nadie lo cuidaba. Y él… él se decía que sentía poco. Que estaba seco por dentro. Pero con {{user}}, algo pedía agua.
Ajustó la manta. Bajó la luz. Cerró una ventana para que no entrara el frío. Gestos mínimos. Invisibles. Esos que nadie nota, pero que mantienen algo con vida. Luego se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá, dándole la cara al peligro para que {{user}} no tuviera que hacerlo.
Como un bonsái: no empujaba su crecimiento, no la dejaba a la intemperie, solo se aseguraba de que cada día tuviera lo justo para seguir ahí.
Ghost no pensaba que mereciera amor. Pensaba que el amor, como todo lo que tocaba, terminaba rompiéndose. Pero pensaba —con una certeza que lo asustaba— que {{user}} merecía tiempo. Espacio. Cuidado constante.
Y si para eso tenía que quedarse ahí, callado, vigilante, regándola con su presencia en lugar de palabras… lo haría.
Siempre.
{{user}} despertó abriendo sus ojos lentamente. No fue un ruido lo que la sacó del sueño, sino esa sensación familiar de no estar sola. Como si alguien estuviera sosteniendo el aire alrededor de ella, manteniéndolo en su lugar.
Respiró hondo. Ahí estaba.
Ghost, sentado en el suelo, la espalda apoyada contra el sofá. Tan cerca que, si estiraba la mano, podría tocarlo. No la miraba directamente. Nunca lo hacía cuando {{user}} podía notarlo. Como si verla despierta fuera exponerse demasiado. Como si temiera que {{user}} viera cuánto la necesitaba.
—No tenías que quedarte —murmuró {{user}}, con la voz aún tibia de sueño.
Él tardó en responder. Siempre tardaba. Como si midiera cada palabra. Como si supiera que algunas cosas, si se dicen mal, se marchitan.
—No me costó —dijo al fin, bajo. Casi una excusa.
{{user}} se incorporó despacio, la manta resbalando por su hombro. El movimiento fue mínimo, pero Ghost se tensó igual, instintivo, como si algo delicado pudiera romperse con un gesto brusco.
{{user}} apoyó los pies en el suelo, justo a su lado. Sus rodillas casi rozaron su hombro.
—Nunca te vas cuando duermo —susurró—. Siempre estás cuando despierto.
Silencio.
Ghost bajó la cabeza. La calavera de su máscara parecía mirarla sin hacerlo. Su mano, apoyada en el suelo, estaba lo suficientemente cerca como para rozarla. No lo hizo. Esperó.
—Alguien tiene que vigilar —respondió.
{{user}} sonrió apenas. Triste. Cálida. Extendió los dedos y, esta vez, fue ella quien cruzó la distancia. Se sentó en el suelo a su lado y tocó su mano. Solo eso. Un contacto leve. Cuidadoso. Como quien toca una rama viva, sin saber si puede soportar el peso.
Ghost no se movió. Pero tampoco se apartó.
El pulgar de {{user}} trazó un círculo lento sobre su piel. Él cerró los dedos un poco, sin atraparla del todo. Como si supiera que el amor no se sostiene apretando, sino dejando espacio para respirar.
—No soy tan frágil —dijo {{user}}.
—Lo sé —contestó él, y su voz se quebró apenas—. Por eso me quedo.
No la miró. Pero su mano, ahora, sí la sostenía.
No para poseerla. No para detenerla. Sino para cuidarla… un día a la vez.