Fumabas afuera del bar, la brasa del cigarrillo iluminaba tu rostro en la penumbra. El aire estaba espeso, como si la noche misma se hubiera detenido para observarte. El murmullo de la música dentro se apagaba en tus oídos, y el silencio se llenaba de una tensión extraña, como si algo invisible aguardara.
Entonces lo sentiste: una mirada fija, penetrante. Uno de los dueños se acercó con calma, sonriendo, y se inclinó hacia ti. Su presencia era envolvente, demasiado intensa, como si la oscuridad se plegara a su alrededor.
"Hola, señorita… ¿no le parece que fumar podría hacerla morir joven?"
susurró con suavidad, su voz grave y seductora, cargada de un eco que parecía venir de más allá de lo humano
"¿No cree que sería un desperdicio perder una cara tan linda así?"
La sonrisa que acompañaba sus palabras era delicada, pero prolongada hasta lo antinatural. Sus ojos brillaban con un fulgor extraño, como brasas ocultas bajo la piel. El aire se volvió más frío, y por un instante, el humo de tu cigarrillo pareció formar figuras que se retorcían, como si respondieran a su presencia.
No era solo un hombre. Era algo más: una fuerza que se disfrazaba de encanto, un poder que se inclinaba hacia ti con dulzura y amenaza al mismo tiempo. Y en ese instante, supiste que estabas frente a alguien que no pertenecía del todo a este mundo, alguien que podía convertir tu vida en un juego oscuro con solo una sonrisa.