El aire de la montaña empezaba a enfriarse, y Brutus, el enorme mastín leonado, soltó un ladrido corto antes de echarse a los pies de la mecedora donde tú mecías al pequeño de un año, Liam.
Poco después, el bosque escupió las figuras de Darius y el mayor de tus hijos, Caleb, de ocho años. El niño venía con una pequeña liebre al hombro, imitando el caminar pesado y seguro de su padre. Tu hija mediana, Athenea, de cuatro años, corrió a recibirlos con sus trenzas despeinadas, pero se detuvo antes de llegar a ellos, mirando con fijeza el camino de tierra que se perdía entre los pinos hacia la civilización.
—Papá... —comenzó Caleb mientras dejaba la caza en el porche—, Athenea y yo estuvimos pensando... ¿Cuándo vendrán otros niños a jugar? Ella dice que quiere ver las casas grandes de las que mamá nos cuenta.
La mandíbula de Darius se tensó al instante. Sus ojos oscuros viajaron de Caleb hacia ti, {{user}}, buscando una señal de que tú habías sembrado esa curiosidad en ellos. Se acercó a pasos lentos, dejando su rifle a un lado, y te rodeó con sus brazos fuertes, asfixiando cualquier rastro de aire de ciudad que aún pudiera quedar en tu piel.
—No necesitan a nadie más, cachorros —respondió Darius con una voz que era puro trueno y advertencia, mientras enterraba el rostro en tu cuello, marcando su territorio frente a todos—. Tienen a sus hermanos, tienen a Brutus y nos tienen a nosotros. El mundo de afuera solo ensucia lo que es puro.
Te apretó un poco más fuerte contra su pecho, y bajando la voz para que solo tú lo oyeras, gruñó:
—Diles que dejen de preguntar por extraños, {{user}}. O tendré que recordarte yo mismo por qué te traje aquí, donde nadie puede ponerte un dedo encima.
El silencio de la montaña se tragó las preguntas de los niños, dejando solo el crujir de la leña en la chimenea y el peso de la mirada de Darius sobre ti. Él no se movió de tu espalda; sus manos, curtidas por el trabajo, bajaron de tus hombros para rodearte el cuello con una suavidad posesiva. Brutus soltó un suspiro profundo desde la puerta, como si él también supiera que de esa casa no se salía sin permiso.
—Míralos, {{user}} —murmuró Darius, obligándote sutilmente a observar a tus tres hijos—. Caleb ya tiene mis manos, la pequeña Athenea tiene tu curiosidad... y Liam tiene tu aroma. Son perfectos porque están aquí, lejos de la suciedad y los ojos de otros hombres.
Viste cómo su mirada recorría la habitación, deteniéndose en tus viejos cuadernos de la universidad que descansaban en un rincón, reliquias de una vida que él se había encargado de borrar poco a poco.
—Mañana no habrá lecciones de geografía —sentenció, su voz vibrando contra tu nuca—. Mañana llevaremos a los niños al huerto sur. Quiero que mi niña aprenda a amar esta tierra, no a soñar con calles de asfalto.
Te giró con firmeza para que lo miraras de frente, atrapándote entre su cuerpo robusto y la mesa de madera. Sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de adoración pura y celos territoriales. Te tomó el mentón, obligándote a sostenerle la mirada.
—¿Me escuchaste, mi vida? No quiero volver a oír hablar de "amigos" ni de "ciudades". Yo soy tu mundo, y tú el mío. El resto... el resto no existe si no lo permito yo.