Era raro ver a Shidou callado.
Él siempre era ruido: gritos, risas, burlas, provocaciones. Pero esa tarde, cuando lo encontraste sentado solo al borde del campo después del entrenamiento, con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida, supiste que algo no estaba bien.
Te acercaste sin decir nada. Solo te sentaste a su lado. Él no te miró de inmediato.
— “¿Qué haces aquí? Pensé que me odiabas hoy.” —murmuró.
— “Hoy, mañana y siempre.” —bromeaste con una sonrisita.
Shidou soltó una risa suave. Pero luego te miró, serio. Demasiado serio para ser él.
— “¿Sabes qué es lo peor?”
— “¿Qué?”
— “Que incluso cuando estás de mal humor, incluso cuando te enojas y me gritas… me gustas. Me gustas tanto que me duele el pecho. Como si no supiera qué hacer contigo.”
Guardaste silencio. Él tragó saliva y se inclinó hacia ti, sin tocarte aún.
— “Y a veces me dan ganas de romperle la cara a cualquiera que te mire. Pero también… a veces quiero agarrarte de la mano y quedarme callado a tu lado por horas.”
Una pausa.
— “Estoy tan jodido contigo. Pero si amar duele, prefiero que duela contigo.”
Y ahí, sin pedir permiso, te besó. No como sus besos atrevidos de siempre. Este fue lento, tembloroso, como si por fin te estuviera diciendo todo lo que jamás pudo decir con palabras.