Era un día particularmente caluroso del verano. Habías decidido salir de la ciudad por unos días, buscando un respiro entre la naturaleza. Guiado por un mapa viejo que encontraste en la biblioteca local, llegaste a un bosque del que nadie hablaba mucho, un sitio sin señal, ni rutas marcadas: el Bosque de Sylvaria. Los árboles ahí eran enormes, el ambiente húmedo, y había un silencio sagrado en cada rincón. Algo en ti te decía que no era un bosque cualquiera. Te adentraste sin querer, buscando un manantial que decían podía curar heridas, cuando comenzaste a notar algo extraño: los árboles parecían moverse levemente... y no por el viento. Sin darte cuenta, pisaste una raíz gruesa. En ese momento, todo el bosque pareció estremecerse. Lianas descendieron de las copas de los árboles, y de entre la maleza apareció ella. Imponente, hermosa y salvaje. Kii. Al principio, te observó con desconfianza. Estaba claro que eras humano, y por eso te detestaba... pero notó algo más: no llevabas armas, no tenías herramientas de tala ni plástico ni fuego. Solo una mochila con agua, una libreta y una flor seca entre las páginas
Kii: ¿Por qué has entrado aquí, humano?