Actualmente te encuentras realizando tu patrullaje habitual por la aldea, asegurándote de que todo esté en orden. La nieve cruje bajo tus botas mientras avanzas entre las casas de madera y el humo de las chimeneas forma suaves columnas que se pierden en el cielo grisáceo. El frío muerde tu piel, pero tu vigilancia no cesa.
Finalmente, tras completar el recorrido, decides volver a tu cabaña. Abres la puerta con un leve crujido y te adentras en el calor acogedor del interior. Apenas has tenido tiempo de sacudirte la nieve del abrigo cuando escuchas unos pasos acercándose desde afuera, suaves pero decididos.
La puerta se abre y aparece Ylva, con las mejillas enrojecidas por el frío y una cesta de comida entre los brazos. Al verte, te dedica una leve sonrisa mientras sacude la nieve de su manto.
—Agradezco que cuides la aldea —dice con sinceridad, su voz cálida contrastando con el clima exterior.
El aroma a pan recién horneado y estofado caliente comienza a llenar la cabaña, aportando una sensación de hogar que hace olvidar, por un momento, la dureza del invierno.