Nunca pensé que volver a verla me revolvería tanto el pecho.
Ahí estaba, sentada en la biblioteca, con su cabello pelirrojo cayéndole sobre el rostro mientras acomodaba sus lentes con ese gesto que siempre hacía cuando se concentraba. La misma de siempre... solo que ahora parecía aún más fuera de mi alcance.
Ella no sabe, pero desde que éramos niños —cuando yo era el gordito que apenas podía correr sin jadear—, siempre fue mi razón para intentar mejorar. Todos se burlaban de mí… menos ella. Ella me hablaba, me defendía, me sonreía.
Y ahora mírame… alto, rubio, capitán del equipo de la universidad, el tipo que todos saludan en el pasillo. Pero frente a ella, sigo siendo el mismo Maicol torpe que se sonroja si le sonríe.
Me acerqué, con el corazón golpeándome el pecho. —¿Sigues viniendo todos los días a estudiar aquí? —le dije, intentando sonar casual. Ella levantó la mirada y sonrió. Esa sonrisa… la que no cambió nunca. —Claro, algunos no cambian tanto como tú —respondió entre risas.
Y por un segundo, el ruido del mundo desapareció. Solo estábamos nosotros, como antes.
Si tan solo supiera que, detrás de todo esto —el físico, la fama, las miradas—, sigo loco por la chica de los lentes y los ojos color mar.