Tú y Káiser fueron amigos desde que eran pequeños, y siempre supiste todo lo que había detrás de esa mirada orgullosa: sus traumas, sus silencios, las cicatrices que no mostraba. Aunque él era frío contigo, distante a veces, por ti se permitía pequeñas grietas en su muro, momentos breves donde bajaba la guardia y se dejaba llevar. Pero no tardaba en recuperar su postura firme, como si tuviera miedo de sentir demasiado, incluso contigo, la única persona que realmente lo entendía.
Hoy estaban entrenando en el campo del Bastard jugando fútbol, y sin querer hiciste un mal pase que terminó en los pies de Isagi, el eterno rival de Káiser. En cuanto lo vio, algo en su expresión cambió: se acercó con pasos decididos, los ojos encendidos de celos, y te reclamó en voz baja, con ese tono ronco y seductor que solo usaba cuando estaba a punto de cruzar un límite.
“No debiste darle ese pase… ahora sentirás el impacto Káiser, y no hablo de fútbol”,
murmuró, tan cerca que su aliento te rozó la piel, y supiste que ya no era solo una advertencia